
Mi Parashá – Génesis 11:30
La historia de Abraham y Sara no solo proyecta el origen del pueblo hebreo, sino también el del Mesías, quien está implícito en cada uno de estos signos lingüísticos para otorgarnos no solo señales de su existencia, sino también enseñanzas sobre cómo debemos cohabitar en medio de sociedades cada vez más politeístas e incrédulas.
La esterilidad de Sarai, con el concepto era, וַתְּהִי (Vattehi), cuyo valor gemátrico es 421 (ו=6, ת=400, ה=5, י=10), nos habla de un estado temporal en el que no somos útiles a los propósitos del Creador. Sin embargo, ello es una fase transitoria si nos permitimos enfocarnos en nuestro destino final. Quizás por esto, Sara simboliza un proceso espiritual de transformación y evolución para cumplir con una misión espiritual mayor.
El mismo concepto de esterilidad, עֲקָרָה (Akarah), con un valor gemátrico de 375 (ע=70, ק=100, ר=200, ה=5), manifiesta que ese estado de latencia contiene el potencial que pronto debe manifestarse. Por lo tanto, todos, al igual que Sara, tenemos ese gran potencial espiritual, aunque aún no se haya revelado.
La esterilidad puede simbolizar un periodo de espera en el que algo profundo está en proceso de gestación antes de manifestarse. Por ello, la frase “no tenía hijos”, אֵין לָהּ וָלָד (Ein lah valad), Ein (אין), que significa “no”, con un valor gemátrico de 61 (א=1, י=10, נ=50), y valad (ולדה), “hijos”, con un valor gemátrico de 40 (ו=6, ל=30, ד=4), en su suma nos da la idea de que Sarai se encontraba en un periodo de transición, como los 40 días del Diluvio o los 40 años en el desierto.
La esterilidad de Sarai es parte de un proceso de transformación que finalmente la llevará a cumplir su misión como madre de Isaac. Dentro de ella existía un gran poder y propósito espiritual que aún no se había revelado completamente. A menudo, las dificultades son necesarias para preparar el camino hacia la realización del propósito divino. Las pruebas que enfrentamos son etapas cruciales para algo más grande, y Sarai es un ejemplo de cómo, incluso en los momentos de mayor dificultad, existe un propósito divino en juego. Su esterilidad no es un castigo, sino una etapa en su camino hacia la manifestación de su verdadera misión como madre de una nación.
La esterilidad de Sarai vista desde la perspectiva de la Kabaláh y la guematría no ofrece una visión profunda y sagrada de todo lo que significa el cuerpo humano, tomado del polvo de la tierra y especialmente los órganos sexuales especialmente el femenino que es vasija (kli) de creación.
Por ello a la visión biológica o sexual del útero le cuesta comprender desde lo mundano que allí hay un canal de vida, de nacimiento de un alma, y que la mujer es un instrumento divino de creación, por ende el tener relaciones sexuales implica abrir un portal entre los mundos espirituales y el mundo físico.
En la Kabaláh, la mujer representa la vasija (kli) receptiva que recibe, gesta y da a luz a la luz divina. No es una visión pasiva, sino altamente activa y sagrada. Su Útero es un lugar de creación y se considera un espacio sagrado y oculto (סוד – sod), que participa en el misterio del tzimtzum, la contracción que Dios hizo para crear el mundo.
Así como Dios “se retiró” para crear un espacio donde el mundo pudiera existir, el útero crea un vacío sagrado donde una nueva alma puede encarnar. Por ello más que llamarle vagina como por nuestra confusión de lenguas le denominamos, debería llamarse vasija.
La palabra רחם (rejem), que significa “útero”, tiene un valor guemátrico de 248. = רַחֵם (Rejem – útero) También es el mismo valor que אברהם (Abraham), el patriarca de la misericordia.
Rejem (útero) = Abraham = misericordia (rahamim) → El útero es la manifestación física de la misericordia divina, un canal de creación y compasión. Significa que dar vida es un acto divino de bondad y conexión con las fuerzas celestiales más elevadas.
Es por ello que el pacto con el Creador por parte del hombre se simboliza en la circuncisión (brit milá) signo no solo de ese pacto entre Dios y el pueblo de Israel, sino de creación de vida, ya que ese órgano debe depositar en la vasija femenina la semilla de vida que allí nacerá.
El órgano masculino (zécher) tiene el poder de dar semilla, pero no es completo por sí solo. La circuncisión refina el deseo sexual, redirigiéndolo de lo egoísta hacia lo sagrado: crear vida en santidad. Según el Zóhar, el prepucio representa una barrera espiritual (klipá) que debe ser removida para revelar la luz interior. La circuncisión no es una mutilación, sino una revelación del propósito sagrado del cuerpo.
Nuestra tarea como creyentes es ver el cuerpo femenino como portal de vida, incluso la ciencia misma reconoce que el útero es el único lugar donde puede iniciarse una nueva vida humana. La Kabaláh dice que este proceso es la manifestación más clara del acto divino de creación, repetido a través del cuerpo humano.
Además debemos entender que el alma entra al cuerpo en el útero, ya que esta desciende gradualmente desde los mundos superiores hasta encarnar durante el embarazo. Por eso, engendrar vida no es solo biológico: es dar entrada a un alma, a una chispa de lo divino.
Y es allí en donde la unión sexual no debe leerse solo como un acto de placer sino como un encuentro espiritual gracias a ese potencial divino y se debe realizar con conciencia, amor y responsabilidad, ya que es el acto más cercano a lo que hace Dios: crear vida. La mujer no solo “recibe” vida: la moldea, la nutre y la da al mundo.
La Kabaláh ve al cuerpo femenino, y en particular al útero, como una manifestación tangible del amor y la misericordia divina. No es simplemente un órgano biológico, ni un objeto sexual, sino un espacio sagrado de creación, comparable al Templo mismo. La circuncisión del hombre refuerza esta santidad, marcando el cuerpo como instrumento para la vida, no para el egoísmo. Es por ello que la esterilidad no puede entenderse sino como una pérdida del propósito divino.



