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Mi Parashá – Génesis 11:6

La Biblia nos presenta momentos clave y cruciales en la historia de la humanidad, donde el Creador interviene directamente. Esto debe entenderse como el resultado de nuestros actos que alteran el orden de las cosas y, por ende, requieren que sus mandatos y leyes restauren la armonía que debe reinar. Y es que, al ser a su imagen y semejanza, tenemos un inmenso potencial, pero en el proceso de coordinación de nuestro libre albedrío, solemos mal utilizar este poder.

Nuestra diversidad como pueblo debe entenderse desde el valor de nuestras individualidades, lo cual no desdice de la necesidad de complementarnos en pro de la unidad. Quizá por ello debemos comprender que compartimos una misma lengua nativa, divina; sin embargo, esas potencialidades que nos otorgan dicha capacidad para alcanzar logros impresionantes, también, de manera contradictoria y producto del pecado, nos alejan y nos llenan de conflictos, apartándonos de Él al no guiarnos por sus principios divinos.

Si entendiéramos el poder de la unidad humana, pero sobre todo el objetivo divino de la misma, no utilizaríamos esa fuerza en alucinaciones peligrosas que solo ponen en riesgo el equilibrio natural, que es espiritual. Por lo tanto, vale la pena no perder de vista, incluso desde nuestro limitado conocimiento del bien y el mal, que al inclinar la balanza demasiado hacia lo material, y obviando la parte espiritual, generamos caos.

El concepto “He aquí”, “הֵן” (Hen), tiene un valor gemátrico de 55 (ה=5, נ=50), y nos introduce en el campo de la observación del Creador, quien espera que su visión de unidad y cohesión sea la que nos guíe. Sin embargo, cuando el equilibrio natural se pone en riesgo, fruto de motivaciones egoístas disfrazadas de acciones que pueden parecer de desarrollo, es necesario que Él intervenga con sus leyes y preceptos.

Como complemento, la expresión “un solo pueblo” (Am echad – עַם אֶחָד), con valor gemátrico de 115 (ע=70, ם=40, א=1, ח=8, ד=4), nos aporta la idea de que la fuerza y el poder de la humanidad deben usarse para un propósito divino y no egoísta. Si no se alinea con su plan, esa visión de unidad puede convertirse en una fuente de peligro en lugar de una bendición.

En esa misma línea, el concepto “una misma lengua” (Safa achat – שָׂפָה אַחַת), con un valor de 385 (ש=300, פ=80, ה=5), y la palabra achat (אַחַת) con un valor de 409 (א=1, ח=8, ת=400), nos recuerda que estamos comunicados con Él. No obstante, esa capacidad humana para transmitir ideas y colaborar eficazmente se desvía, lo que pone en riesgo el potencial poderoso de la unidad divina cuando se utiliza para fines egoístas o destructivos.

Sus leyes y preceptos están allí para guiarnos, pero también para mantener el orden. Por ello, su intervención busca que atendamos sus llamados, que están impregnados de su misericordia. Sin embargo, nos conoce y nos acompaña a través de ciclos en los que su justicia implica finales y su equilibrada misericordia, inicios: הַחִלָּם (Hachilam), con un valor de 98 (ה=5, ח=8, ל=30, ם=40), lo que denota todo lo que podríamos alcanzar si buscáramos esa unidad divina. Pese a sus advertencias, preferimos vivir en el descontrol de nuestras búsquedas y expectativas egoístas.

Al ser a imagen del Creador, nada nos será imposible: לֹא יִבָּצֵר (Lo yibatzer), valor de 302 (י=10, ב=2, צ=90, ר=200). Sin embargo, su ley nos proyecta barreras que tristemente asumimos como castigos, llevándonos a desafiar el orden divino, lo que requiere que Él intervenga. Por ello, la expresión “todo lo que se propongan” (Kol asher yazmu – כֹּל אֲשֶׁר יָזְמוּ), valor gemátrico de 810 (כ=20, ל=30, א=1, ש=300, ר=200, י=10, ז=7, מ=40, ו=6), nos debería llamar a usar nuestro potencial para trabajar unidos en pro del bienestar común.

El enfoque en yazmu (planear) sugiere que las intenciones humanas pueden desviarse de los principios divinos, llevándonos a construir grandes cosas con un propósito no alineado al bien mayor. Si la humanidad continúa unida sin intervención divina, no habrá barreras para sus acciones, lo que podría tener consecuencias peligrosas si no se siguen los principios divinos.

El gran potencial de la humanidad, que también nos advierte, debe ser guiado correctamente para evitar un uso destructivo del poder. Es necesario reflexionar sobre cómo el poder de la unidad y la cooperación puede ser una bendición o un riesgo, ya que, cuando estamos unidos en propósito y comunicación, tenemos la capacidad de lograr cosas increíbles.

Sin embargo, si nuestra unidad no está orientada hacia el bien común y la guía divina, podemos caer en la trampa del orgullo y la ambición desmedida. La verdadera fuerza de la humanidad radica en alinear nuestras acciones con los principios espirituales y divinos, para que nuestro potencial se manifieste de manera positiva y constructiva.

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