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Mi Parashá – Génesis 11:8

Asumir la intervención divina como castigos y, además, ajustarla a nuestros criterios es quizá uno de los grandes errores cuando releemos y aprendemos de Su Palabra, ya que, cuando Él actúa a través de sus leyes y mandatos, ajustándonos a los efectos de nuestras propias decisiones, siempre lo hace para que sea su misericordia la que nos corrija. Por ello, el proyecto de la Torre de Babel y la dispersión de la humanidad deben entenderse como un llamado frente a una fragmentación que, como realidad, solo nos llama a la unidad.

Lo que la humanidad construye sin tenerlo en cuenta, al estar desalineado con sus principios y propósitos, nos genera más dispersión. Es su misericordia la que, a través de su corrección, nos posibilita redirigirnos como personas y luego como humanidad hacia el camino adecuado.

Así que esa dispersión solo revela esa verdad profunda: necesitamos Su guía para que nuestra libertad signifique una unión duradera. De lo contrario, nuestras propias ideas nos separan, generando con esa fractura conflictos, y desperdiciamos la continua oportunidad que se nos da como humanidad para aprender a valorar la diversidad y las múltiples formas de entender el mundo, siempre bajo la guía de la verdad divina.

La complementariedad nos demuestra que nuestro alejamiento, tanto físico como espiritual, está relacionado con nuestras propias potencialidades. Debemos encontrar ese camino común que no implica dar los mismos pasos, pero sí buscar el mismo final, al lado de nuestro Padre. De lo contrario, sus advertencias y llamados nos indicarán que, si el camino no está orientado hacia lo divino, simplemente generará nuestra desconexión total.

La dispersión total o “muerte” afecta a toda la tierra, lo que implica que todos los seres humanos, independientemente de su ubicación, deben participar en el proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual. De lo contrario, los proyectos que construimos tendrán la intervención divina para que cese ese esfuerzo inútil, ya que no tiene fundamento espiritual.

Los esfuerzos humanos, al desalinearse de los principios espirituales, no pueden prosperar, aunque supongamos que nuestro bienestar verdadero es material. Por ello, el concepto de esparció וַיָּפֶץ (Vayafetz), con un valor gemátrico de 186 (ו=6, י=10, פ=80, צ=90), refleja una ruptura en la unidad y la cohesión que antes existía entre los seres humanos.

La idea de separación divina, sin embargo, siempre busca reordenar el caos que surge cuando la humanidad intenta establecer su propia agenda fuera de los planes divinos. Por ello, Él יְהוָה (Adonai), El Señor, con un valor gemátrico de 26 (י=10, ה=5, ו=6, ה=5), al intervenir, aunque dispersa, ese acto de juicio también es un acto de misericordia, destinado a salvar a la humanidad de las consecuencias de su propia arrogancia.

El concepto “a ellos”, אֹתָם (Otam), con un valor gemátrico de 441 (א=1, ת=400, ם=40), al relacionarse con la palabra emet (אמת), “verdad”, nos indica que esa dispersión debe entenderse también como un acto que revela la verdad de la situación humana, es decir, la fragilidad de esas uniones y de los esfuerzos mundanos sin la guía divina.

El concepto “desde allí” מִשָּׁם (Misham), con un valor gemátrico de 380 (מ=40, ש=300, ם=40), nos aporta más en este contexto para entender que ese alejamiento físico es también espiritual. Dicho lugar central como escenario de poder no nos conviene, así que debe darse un proceso de transición desde una estructura centralizada hacia una más dispersa.

Al hablarse de “la faz de toda la tierra”, פְּנֵי כָל-הָאָרֶץ (Pnei kol-ha’aretz), con un valor gemátrico de 624 (פ=80, נ=50, י=10, כ=20, ל=30, ה=5, א=1, ר=200, ץ=90), se nos llama a la totalidad representada en la esfera de nuestro planeta. Esto significa que esa dispersión no será parcial, sino completa, alcanzando a toda la humanidad para que dicha exteriorización afecte nuestras intenciones internas. Esa separación, tanto física como espiritual, al afectarnos en todos los rincones del mundo, nos llama la atención.

La expresión “dejaron”, וַיַּחְדְּלוּ (Vayachdelu), con un valor gemátrico de 48 (ו=6, י=10, ח=8, ד=4, ל=30), nos llama a revisar y detener esas construcciones mundanas que hacen que nuestros esfuerzos sean inútiles. Por ello, la expresión “edificar la ciudad” לִבְנֹת הָעִיר (Livnot ha’ir), con un valor gemátrico de 401 (ל=30, ב=2, נ=50, ה=5, ע=70, י=10, ר=200), como complemento, nos indica que todo lo que esté desconectado de los principios espirituales estará destinado a fallar tarde o temprano.

No perdamos de vista que la ciudad es un símbolo de la ambición humana, por lo que esta no puede sostenerse sin un propósito divino. Si nuestro fin es la unidad, debemos revisar muy bien nuestra intención antes de convertirla en acciones, ya que, aunque en ocasiones suponemos estar construyendo grandes cosas, si lo hacemos sin tener en cuenta la voluntad del Creador, esta propuesta no tiene razón de ser.

La dispersión que resultó es un recordatorio de que los esfuerzos humanos deben estar alineados con un propósito espiritual mayor. Además, nos enseña que la diversidad, que surge de esta dispersión, no es un castigo, sino una oportunidad para crecer y aprender a valorar las diferencias que nos enriquecen como humanidad.

La intervención divina, que llevó a la interrupción de la construcción de la ciudad, también nos recuerda que no podemos construir nada duradero sin estar en sintonía con los principios divinos. La verdadera construcción, tanto material como espiritual, solo puede tener éxito cuando está alineada con su Plan.

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