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Mi Parashá – Génesis 12:7

En nuestro viaje espiritual por este mundo, hay momentos clave en los que el Creador nos revela directamente sus propósitos. Aunque quizá no lo percibamos plenamente como lo hizo Abraham, es claro que su aparición es constante a través de la naturaleza. Sin embargo, al esperar una manifestación más directa, a veces obviamos su guía y nuestra misión espiritual.

El acto de construir un altar refleja el deseo de Abram de solidificar su conexión con el Creador y expresar su gratitud por la promesa. Es un acto de elevación espiritual, donde lo terrenal se ofrece a lo divino, lo que produce un efecto duradero en las nuevas generaciones, conectando el pasado con el futuro.

El concepto “apareció”, וַיֵּרָא (Vayera), con un valor gemátrico de 217 (ו = 6, י = 10, ר = 200, א = 1), sugiere una revelación divina, donde lo espiritual se hace visible y tangible, brindando claridad y un entendimiento profundo. Esto aporta una nueva interpretación a la palabra “descendencia”, לְזַרְעֲךָ (Lezar’akha), con un valor gemátrico de 327 (ל = 30, ז = 7, ר = 200, ע = 70, ך = 20). A través del concepto de “semilla”, זרע (zera), denota el impacto espiritual que se extiende a lo largo de las generaciones.

El concepto de “tierra”, הָאָרֶץ (Ha’aretz), con un valor gemátrico de 296 (ה = 5, א = 1, ר = 200, ץ = 90), nos evoca la base de nuestra existencia espiritual, donde la descendencia simboliza el fundamento espiritual sobre el cual se construirá nuestra vida eterna. El altar, מִזְבֵּחַ (Mizbeach), con un valor gemátrico de 57 (מ = 40, ז = 7, ב = 2, ח = 8), representa ese entorno de conexión entre lo terrenal y lo divino, un punto de contacto directo con el Creador, donde expresamos nuestra gratitud.

El número 57, que simboliza el altar, está asociado con la creación de armonía entre el mundo físico y el espiritual. Al construir este altar, Abram establece un puente entre lo material y lo divino, creando un lugar de encuentro para honrar y conectarse con el Creador. El altar no solo simboliza un acto de adoración, sino también un reconocimiento de la presencia divina en su vida y misión.

Nuestra tarea es atender su revelación con gratitud, de modo que el camino espiritual nos permita reconocer sus manifestaciones, por insignificantes que nos parezcan, y siempre responder con alabanzas que fortalezcan nuestra conexión con lo divino.

Debemos crear momentos y lugares sagrados en nuestra vida diaria, donde podamos conectarnos con nuestra fuente de vida y expresar nuestra gratitud por las bendiciones y promesas recibidas, incluyendo la promesa de dar la tierra a nuestra descendencia. Así, asumimos que nuestras acciones y decisiones no solo nos impactan a nosotros, sino también a las futuras generaciones.

En la Cábala, Dios en su esencia más pura es Ein Sof (אין סוף), el Infinito. No se manifiesta directamente, sino a través de las sefirot, que son los canales o atributos divinos por los que el Infinito se expresa en el mundo.

Cómo se manifiesta en nuestra vida diaria:

A través de los eventos sincrónicos (lo que llamamos “coincidencias significativas”).

A través de personas, decisiones y momentos clave que nos invitan a despertar espiritualmente.

A través del sufrimiento o la alegría, que nos hacen reflexionar y elevarnos.

A través del estudio de la Torá y la meditación en los Nombres Divinos.

El sabio cabalista Isaac Luria (el Ari) enseñaba que cada encuentro, cada palabra escuchada, tiene un propósito oculto: revelar la Luz.

La palabra hebrea “Elokim” (אלהים), que significa “Dios”, tiene el mismo valor numérico (86) que “ha-teva” (הטבע), que significa “la naturaleza”.

¿Qué implica esto?

Que Dios se manifiesta a través de la naturaleza, lo ordinario es, en realidad, extraordinario. Las apariciones del Señor no siempre son milagrosas, sino que están ocultas en lo cotidiano.

El Zóhar, el texto principal de la mística cabalística, enseña que el mundo físico es una sombra del mundo espiritual. Dios se revela en niveles, y lo que percibimos son reflejos de esa luz superior.

Frases clave del Zóhar:

“No hay lugar en el que Él no esté.”

Esto sugiere que cualquier cosa puede ser una teofanía (manifestación divina), si uno tiene los ojos del alma abiertos.

Formas de reconocerlo:

A través del alma: El Zóhar enseña que el alma reconoce lo divino incluso si la mente no.

A través del silencio interior: El exceso de ruido (mental, emocional, externo) bloquea nuestra percepción de la Luz.

A través del amor: Cada acto de genuino amor y compasión es una manifestación de la Shejiná (la presencia femenina de Dios en el mundo).

¿Cómo reconocer las apariciones del Señor hoy?

Según la tradición cabalística, puedes percibir a Dios en:

Un pensamiento espontáneo que cambia tu rumbo.

Una persona que aparece justo cuando más lo necesitas.

Una “coincidencia” que te lleva a una verdad interna.

Un estudio o lectura que resuena profundamente contigo.

Una emoción intensa de gratitud o claridad que parece venir de “otro lugar”.

Meditación diaria con los Nombres de Dios, como el de 72 letras.

Lectura consciente del Zóhar o textos sagrados, con intención de conexión.

Elevación de la conciencia: ver lo oculto detrás de lo aparente.

Actos de tikún olam: reparar el mundo con tus acciones.

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