
Mi Parashà – Gènesis 13:8
La Biblia nos invita constantemente a buscar la armonía divina, por lo que sus enseñanzas continuas nos hablan de la necesidad de resolver nuestros conflictos en busca de la paz, que surge desde nuestro ser interior, y del amor, que como vínculo perfecto nos llama a integrarnos al Creador a través de Su obra.
Abram (Abraham) representa, por ello, ese nivel más elevado de conciencia espiritual que nos hace comprender lo que realmente significan los conflictos materiales en nuestras vivencias y cómo estos no deben interrumpir las relaciones espirituales y fraternas, que se convierten en nuestra prioridad interrelacional.
Abram reconoce que él y Lot, aunque tienen diferencias en cuanto a sus posesiones y los territorios que ocupan, son “hermanos” en un sentido más profundo del término. Esto nos llama a reconocer esa conexión espiritual profunda que existe entre los seres vivos, y a trascender los desacuerdos superficiales que surgen al enfocarnos más en lo material que en lo espiritual.
El shalom nos llama a evitar disputas y a buscar la armonía en lugar de la discordia que caracteriza las relaciones mundanas. La palabra מְרִיבָה (Merivah), con un valor numérico de 257, contrasta con el término “hermanos”, אחִים (Achim), que tiene un valor de 59, lo que nos indica que las disputas tienen un peso espiritual que debe ser equilibrado por la conciencia de que somos “hermanos” (achim). Esto nos invita a reconsiderar nuestras acciones hacia los demás y a buscar la unidad en lugar de la división.
En momentos de conflicto, debemos recordar nuestra conexión esencial con los demás, no solo con aquellos que consideramos cercanos por la consanguinidad, sino con todos, ya que somos hijos del Creador. Por ende, como creyentes, debemos ser ejemplos de liderazgo y madurez espiritual, llamados a buscar la resolución pacífica en lugar de prolongar el conflicto.
Detrás de cada conflicto externo hay una oportunidad para el crecimiento espiritual, al reconocer nuestra conexión como “hermanos”. Estamos llamados a actuar desde un lugar de comprensión y empatía. Al mirar más allá de las diferencias y buscar la armonía, podemos elevar nuestras interacciones y relaciones a un nivel espiritual más alto.
El Origen Común: Adam como Arquetipo
En la tradición cabalística, Adam no es solo un personaje histórico, sino el arquetipo del ser humano completo.
Adam representa la totalidad de la humanidad, la chispa divina original de la que emergen todas las almas.
Todos descendemos de esta raíz común, que simboliza la unidad esencial de toda la creación.
La Luz Divina en Cada Uno
Somos todos emanaciones de la luz divina (Ein Sof), cada uno con una chispa única de esa luz.
Esta luz no tiene distinciones ni divisiones, es una energía que nos conecta profundamente.
Reconocer esa chispa en otros es reconocer a nuestro “hermano” o “hermana”.
La Unidad como Base de la Existencia
La Cábala explica que toda la diversidad que vemos es una manifestación de un único árbol espiritual.
Las diferencias superficiales — idioma, cultura, raza — son como ramas que salen del mismo tronco.
En esencia, somos un solo cuerpo espiritual.
El Ego y la Ilusión de la Separación
El ego crea la ilusión de que estamos separados y compitiendo.
Esta ilusión nubla la visión de nuestra verdadera identidad común.
Trabajar en la humildad y la conexión interior ayuda a derribar esas barreras.
Práctica y Vivencia
Empatía y compasión: Al practicar la empatía, sentimos la experiencia del otro como propia.
Meditación y estudio: Contemplar textos sagrados o meditar sobre nuestra esencia común ayuda a arraigar esta verdad.
Acciones conscientes: Actuar con amor y compartir refuerza esta percepción.
Frase para meditar: “La diferencia entre tú y yo es solo un velo; detrás de él, somos un solo ser.”



