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Mi Parashà – Génesis 15:7

El Creador nos reconfirma a diario sus promesas, tal como lo hizo con Abram, recordándonos, eso sí, que Él es quien nos guía. En el caso de nuestro patriarca, fue Él quien lo sacó de Ur de los Caldeos, la tierra de su origen, con el propósito de darle una nueva tierra como herencia, lo cual no solo fue un viaje físico, sino también un viaje espiritual, un llamado hacia algo más grande.

Nos ratifica también a nosotros, como creyentes, que este viaje terrenal tiene como único propósito llevarnos a nuestra morada celestial, una tierra prometida que poco tiene que ver con lo que estamos viviendo en este plano terrenal. Por ello, la expresión Ur (אוּר), que significa “fuego” o “luz”, con un valor gemátrico de 207, nos habla de esa sabiduría oculta o luz interior que es solo una señal.

No perdamos de vista que, así como Abram fue sacado de “Ur” (fuego o luz), nosotros seremos sacados por el Creador de aquellos lugares en los que solo lo percibimos limitadamente y en los que nuestra comprensión apenas nos permite entender que estamos realizando un viaje espiritual, que es realmente más elevado de lo que imaginamos.

Ur de los Caldeos era un centro de civilización, pero espiritualmente representaba las limitaciones del mundo material, una perspectiva que se complementa con la expresión tierra (הָאָרֶץ, ha-aretz), cuyo valor gemátrico es 296. Esta no solo simboliza la manifestación física, sino que también es un símbolo del reino espiritual que puede alcanzarse a través de la alineación con el propósito divino.

Aquí, la tierra no es solo un territorio físico, sino también la herencia espiritual que Abram recibirá al cumplir su propósito y misión. Por ello, este versículo no solo se refiere a una promesa territorial, sino que tiene un significado profundo, ya que es un recordatorio de que el Creador es quien guía nuestro viaje espiritual. Por lo tanto, todos nosotros somos llamados a salir de nuestras zonas de confort y entrar en lo desconocido, confiando en el plan divino.

La promesa de la tierra simboliza algo más que una herencia física; es una herencia espiritual que solo puede alcanzarse a través de la fe y el compromiso con el camino divino. El fuego de Ur puede interpretarse como las limitaciones del ego o de la vida material, mientras que la tierra prometida es un símbolo de alcanzar un nivel más alto de conciencia espiritual. Dios llama a Abram (y a todos nosotros) a dejar atrás lo que es conocido y familiar para avanzar hacia una dimensión más profunda de relación con lo divino.

Todos enfrentamos momentos en los que, al igual que Abram, somos llamados a salir de “Ur”, que simboliza nuestra zona de comodidad, nuestras creencias limitantes o las expectativas sociales, y avanzar hacia un destino desconocido pero lleno de promesas espirituales. En esos momentos, debemos recordar que no estamos solos, que Él guía nuestro camino y que nos llama a confiar en Su plan.

La “tierra” que se nos promete puede representar el cumplimiento de nuestro propósito de vida, algo que solo se alcanza cuando tenemos la valentía de dejar atrás lo conocido y avanzar hacia lo que Dios tiene preparado para nosotros. Este proceso es una oportunidad de crecimiento espiritual, en el que cada paso que damos hacia lo desconocido es un paso hacia nuestra propia transformación interna.

La tierra prometida no es solo un lugar físico, sino un estado de conciencia elevado en el que nos alineamos más plenamente con nuestra misión divina. La verdadera herencia espiritual es más que posesiones materiales; es la sabiduría, el crecimiento y la conexión con lo divino que alcanzamos a través de nuestro compromiso con el propósito superior que Dios tiene para nosotros.

No perdamos de vista tampoco que el llamado a multiplicarnos lleva implícito en si una familia, es por ello que el matrimonio es considerado un acto sagrado, una conexión que refleja la unión entre las energías masculinas y femeninas del universo, es decir, entre Zeir Anpin (el aspecto masculino de Dios) y Maljut (el aspecto femenino, receptivo).

Los cabalistas enseñan que cada alma humana originalmente es una sola entidad andrógina (masculino y femenino juntos), pero se divide antes de nacer. El matrimonio es el reencuentro de esas dos mitades del alma, y por eso, encontrar la pareja adecuada es encontrar la bashert (alma gemela).

“Cuando un hombre y una mujer se casan adecuadamente, la Shejiná (Presencia Divina) habita entre ellos.” — Talmud, Sotá 17a

La Guematria (el valor numérico de las palabras hebreas) también nos revela significados ocultos.

Ejemplos significativos:

איש (Ish, hombre) = 311

אשה (Ishá, mujer) = 306

Ambas palabras contienen las letras א-ש (Esh = fuego). Las letras restantes son:

י (Yud) en איש

ה (Hei) en אשה

Yud + Hei = י + ה = 15, que corresponde al Nombre de Dios (Yah). Esto simboliza que cuando un hombre y una mujer están unidos con Dios en el centro, su fuego (pasión, energía) no los consume, sino que los eleva.

La familia con hijos: un microcosmos divino

La familia, según la Cábala, es una manifestación del Árbol de la Vida en miniatura:

El padre representa Jojmá (sabiduría)

La madre, Biná (entendimiento)

Los hijos, Maljut (manifestación)

Tener hijos no es solo un mandato físico, sino una participación en la creación misma. Así como Dios crea el mundo, los humanos crean vida, y esa continuidad permite la reparación y elevación del mundo (Tikkún Olam).

Relaciones hoy: el desafío espiritual

Vivimos en un mundo saturado de narcisismo, inmediatez y relaciones superficiales. La Cábala explica que esto es parte del ocultamiento de la luz divina (hester panim) en la era actual.

¿Cómo sobrellevarlo?

Consciencia espiritual: Ver la pareja como una oportunidad para crecer, no como un objeto de consumo.

Trabajo interior (Avodá): El matrimonio exige trabajo constante sobre el ego, la humildad y el dar.

Estudio y práctica: La conexión espiritual (meditación, estudio, oración) fortalece la relación.

Shalom Bayit (paz en el hogar) es considerado más importante incluso que muchas mitzvot.

Cuidar el habla (Lashón Hará) dentro del matrimonio: lo que se dice tiene energía.

Encender velas de Shabat, crear espacios de espiritualidad familiar.

No ceder al cinismo moderno: Amar no es débil, es uno de los actos más poderosos y valientes.

El matrimonio y la familia son laboratorios espirituales donde el alma se pule. En un mundo que desprecia lo profundo, vivir el amor filial con compromiso y alma es un acto de revolución espiritual.

Reflexión para el crecimiento personal

Todo matrimonio es un símbolo de vida armoniosa, verdad y realización práctica, un reflejo del equilibrio de las sefirot en el Árbol de la Vida.

La cábala nos recuerda que las relaciones profundas son caminos de refinamiento del alma y que el amor verdadero se sustenta en la verdad y en la manifestación cotidiana de la espiritualidad.

La pareja puede meditar en los valores de Emet (verdad) y Maljut (manifestación) para seguir fortaleciendo su unión.

Además la Cábala y la Guematria nos reiteran que la paternidad contiene un acto de profunda resonancia espiritual y cósmica. Traer hijos al mundo no es simplemente un evento biológico o social, sino una participación directa en la obra de la Creación divina, y una oportunidad de reparar el alma y colaborar con Dios en la evolución del mundo.

En la Cábala, la paternidad es un canal de transmisión de luz divina, tanto en el plano físico como espiritual. El padre no solo aporta la semilla biológica, sino también la semilla espiritual que transmite cualidades del alma.

El padre como extensión de Jojmá (sabiduría divina)

En el Árbol de la Vida (Etz Jaim), el padre representa Jojmá (חכמה) — la chispa de sabiduría, la semilla creativa.

La madre representa Biná (בינה) — el entendimiento, que recibe y desarrolla esa semilla.

El hijo es Maljut (מלכות) — la manifestación, el mundo revelado.

Así, tener hijos es reproducir el proceso divino de creación que ocurre entre los Sefirot.

Guematria y paternidad

Veamos algunas gematrias relevantes:

אב (Av = padre) = 3: א (Alef) = 1, ב (Bet) = 2 → Total = 3

El número 3 en la Cábala representa equilibrio y la reconciliación de opuestos. También es la unión del padre, la madre y el hijo: una triada sagrada.

אם (Em = madre) = 41: א (Alef) = 1, מ (Mem) = 40,

ילד (Yeled = hijo/niño) = 44: י (Yod) = 10, ל (Lamed) = 30, ד (Dalet) = 4

Total guemátrico de padre + madre = 3 + 41 = 44 → igual al valor de “hijo” (ילד).
Esto sugiere que el hijo es la suma energética exacta del padre y la madre. La paternidad completa la ecuación de la creación humana.

Desde la perspectiva cabalística, traer un hijo al mundo tiene múltiples dimensiones espirituales:

Tikkún Olam – Reparación del mundo

Cada alma que nace tiene una misión específica. Al traer hijos, los padres participan en el proceso de redención del mundo, ya que cada alma contribuye a reparar una parte de la realidad quebrada (Olam HaShevirá – el mundo roto).

Continuación de la Luz divina

Los hijos son portadores de luz espiritual. Cada generación lleva chispas de almas que necesitan regresar y completar su corrección. Al educar a los hijos en valores espirituales, se mantiene viva la conexión con lo divino.

Participación en la creación

Los sabios dicen:

“Hay tres socios en la creación de una persona: el padre, la madre y Dios.” (Talmud, Nidá 31a)
Esto indica que ser padre es coparticipar con Dios en Su obra creativa.

Autoelevación espiritual

El trabajo del padre no termina al traer al mundo a un hijo. Es responsable de su formación espiritual y ética. A través de este rol, el padre también crece, se refina, y cumple parte de su propia corrección kármica.

Hoy en día, la paternidad enfrenta desafíos culturales, económicos y espirituales. La Cábala enseña que esta generación vive en tiempos de ocultamiento (Hester), pero eso no disminuye su importancia. Al contrario:

Ser un padre presente, amoroso y con conciencia espiritual es un acto de valentía mística.

Incluso si el mundo parece resistirse al compromiso, cada hijo criado con intención espiritual se convierte en un foco de luz en la oscuridad.

La Cábala ve la paternidad como un canal de luz, sabiduría y transmisión divina. Traer hijos no es solo una mitzvá (mandamiento), sino una oportunidad de cumplir el propósito más elevado del alma: participar en la creación, contribuir al Tikkún Olam, y encarnar el amor divino en lo humano.

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