
Mi Parashá – Génesis 1:9
“Yabasha” (יַּבָּשָׁה), lo seco, representa la manifestación del mundo físico, donde la vida puede existir y desarrollarse. Por lo tanto, nuestro planeta, más que un símbolo de un espacio material donde la acción tiene lugar, es el escenario propicio para dar estructura y forma al universo, permitiendo que la energía divina se concentre en lo material después de su fragmentación, la cual permitió nuestra creación.
Una vez se dio la separación de la esencia divina para permitir nuestra existencia, se requirió un espacio que fomentara ese reencuentro, lo que significa que su Palabra, su luz, las aguas, permitieron la aparición de la tierra seca, que refleja la importancia de reintegrar todo lo que se separó al orden de la creación.
Este principio rector de todo lo creado nos proyecta, en el macrocosmos del universo, esa búsqueda que inicia en nuestro microcosmos como seres humanos. Este orden requiere, por ende, de unos límites que, a su vez, dieron estructura a nuestras vidas para que, de igual manera, se reordenara nuestro proceso de crecimiento lumínico esencial, que lógicamente parte de nacer a la luz en este plano terrenal.
“Yabasha” tiene un valor gemátrico de 317 (י = 10, ב = 2, ש = 300, ה = 5), asociando conceptos de fortaleza y fundamento, lo que denota la idea de que la tierra seca es el fundamento sobre el cual se construye nuestro principio en la vida. Así que, al ser polvo de esta tierra que emerge en el tercer día, dicha plataforma es donde nuestra esencia, que solemos ver solo como material, puede reconectarse con lo espiritual.
“Yabasha” sugiere la necesidad de consolidar una base sólida desde lo material para sostener nuestra vida, que es en esencia espiritual, proceso que nos lleva a integrarnos desde lo exterior hacia lo interior, desde la tierra hacia el cielo, en un acto continuo de transformación que nos incita al Creador, a lo divino.
Si hoy nuestra base sólida es lo terrenal, el suelo solo debe servirnos de plataforma hacia el cielo, lo que significa que, respetando el orden de la creación, como parte de la tierra seca, debemos crear desde esta nuestra estructura espiritual, creciendo y desarrollándonos de manera equilibrada.
Ese acto de separar las aguas y permitir que emerja la tierra seca nos recuerda además la importancia de discernir y organizar nuestras prioridades, para crear esos entornos en los que podamos cumplir con nuestro propósito existencial, relacionándonos con este mundo que debemos atravesar desde nuestro desierto hacia la tierra prometida.
La conexión con lo espiritual parte del polvo, de los fragmentos de Su luz, para manifestarnos su voluntad sin interferir con la nuestra, teniendo que ordenarnos desde nuestras estructuras perceptibles para ir separando nuestro fundamento en pro de nuestro crecimiento personal, el cual debe armonizar lo material y lo espiritual, estableciendo una base sólida para cumplir con nuestro propósito divino en el mundo.



