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Mi Parashá – Génesis 25:9

Este versículo describe cómo Isaac e Ismael, los hijos de Abraham, sepultaron a su padre en la Cueva de Macpela, el lugar de entierro que Abraham había comprado como sepultura familiar.

El nombre “Isaac” Yitzḥak (יִצְחָ֣ק) tiene un valor gemátrico de 208, que se asocia con la sefirá de Guevurá (juicio y restricción). Su participación en el entierro simboliza el aspecto del juicio divino, equilibrado por la misericordia y el respeto hacia el padre.

El nombre “Ismael” Yishma’el (יִשְׁמָעֵ֗אל) tiene un valor gemátrico de 451, y representa el aspecto del cumplimiento de las promesas divinas hacia Abraham a través de sus hijos. Su presencia en el entierro muestra la reconciliación y el respeto mutuo, a pesar de las diferencias entre las descendencias de Isaac e Ismael.

La expresión, la “Cueva de Macpela” Me’arat haMakhpelah (מְעָרַ֞ת הַמַּכְפֵּלָ֤ה) tiene un valor gemátrico de 385, número que está relacionado con el concepto de Shalom (paz), lo que sugiere que el lugar de entierro es un espacio de descanso y reconciliación, tanto física como espiritual. En este contexto, la cueva no solo es un lugar físico, sino también un símbolo de la unidad familiar y la trascendencia.

Efrón, el hitita, Efron ben Tsoḥar haḥitti (עֶפְרֹ֔ן בֶּן־צֹ֥חַר הַֽחִתִּ֖י) quien vendió el campo a Abraham, representa el aspecto terrenal y la transacción física del terreno, pero en la cábala, la compra de este lugar simboliza el establecimiento de un nexo sagrado entre lo espiritual y lo terrenal. El valor gemátrico de “Efron” es 400, que está asociado con el concepto de finalidad y redención.

Este versículo no solo narra el acto físico del entierro de Abraham, sino que está lleno de simbolismo espiritual. La unión de Isaac (Guevurá, juicio) e Ismael (cumplimiento de la promesa) en este momento importante representa un acto de reconciliación entre dos ramas de la descendencia de Abraham. En la cábala, este acto refleja la necesidad de equilibrio entre el juicio y la misericordia, simbolizados por sus dos hijos.

La Cueva de Macpela es mucho más que un sitio de entierro. En la tradición cabalística, este lugar es visto como un espacio de conexión entre el mundo físico y el espiritual, un lugar donde los justos descansan en paz. El valor gemátrico del nombre de la cueva nos recuerda la importancia de la paz (Shalom) en la resolución de los conflictos familiares y en la reconciliación entre las diferentes fuerzas espirituales.

Además, el papel de Efrón, el hitita, destaca que incluso las transacciones terrenales (como la compra de la cueva) pueden tener una profunda dimensión espiritual. El número 400, asociado con Efrón, simboliza la redención y el cierre de ciclos, lo que nos recuerda que, al final de la vida, hay una culminación del propósito divino.

Este versículo nos ofrece una reflexión sobre la reconciliación y la unidad familiar, simbolizada por Isaac e Ismael uniéndose para enterrar a su padre. La Cueva de Macpela es un lugar de paz y trascendencia, donde lo físico y lo espiritual se entrelazan. La gematría y la cábala nos muestran que cada acción, incluso una transacción terrenal como la compra de un terreno, tiene implicaciones más profundas en el orden espiritual. La lección que podemos extraer es que la paz y la unidad son esenciales para completar el ciclo de la vida y alcanzar la redención espiritual.

Al releer estos pasajes debemos alejarnos de esa aparente contradicción entre la brevedad de nuestra vida, el libre albedrío consciente y entender que la eternidad poco tiene que ver con esa fuerza aplastante de la inconsciencia colectiva que sostiene la ilusión en donde todo depende de la percepción, no perdamos que la sabiduría mística hebrea, nos proyecta este plano denso no como un castigo ni un error, sino como el escenario exacto diseñado para la revelación de la Luz.

El Zóhar y la Ilusión del Corredor (Olam HaZeh)

El Zóhar enseña que este mundo (Olam HaZeh) es solo la dimensión del velo (Olam HaSheker, el mundo de la mentira). La brevedad de la vida física no es una limitación del alma, sino la duración precisa de un “turno de trabajo” o misión mística.

La inconsciencia colectiva que prioriza la muerte —la desconexión espiritual, el reactivismo y el egoísmo— es llamada en la Cábala la Sitra Ajra (el “Otro Lado”) o las Klipot (cáscaras o cortezas). Estas cáscaras atrapan chispas de luz divina (Nitzotzot) y hacen que el mundo físico parezca regido por la entropía y el finitud. La alucinación en la que caemos a veces es la fuerza de las Klipot distorsionando la percepción para hacer creer al alma que la carne es la única realidad.

El Talmud y la paradoja del Determinismo y la Elección

En el Talmud (Berajot 33b) se formula la célebre máxima:

“Todo está en manos del Cielo, excepto el temor al Cielo (Yirat Shamayim).”

Esto resuelve cómo la conciencia reescribe el libreto a cada instante:

El escenario exterior (las circunstancias, el inconsciente colectivo, las inercias históricas y el marco biológico) está predeterminado por el sistema cósmico.

La postura interna (la vasija espiritual que decide identificarse con la luz o con la inconsciencia) es el único punto donde reside el auténtico libre albedrío (Jofesh Bejirá).

A cada instante, la conciencia desde su raíz atemporal reescribe la experiencia no cambiando necesariamente el hecho externo inmediato, sino transformando la sustancia de su significado (Tikkun o rectificación).

La Gematría y la Estructura Cósmica de las Palabras

La gematría no es mero juego numérico, sino la física del lenguaje creador que sostiene la ilusión manifestada.

Vida (Jai – חי): Su valor es 18 ( ). Representa movimiento continuo y flujo constante.

Muerte (Mavet – מות): Su valor es 446 ( ).

Verdad (Emet – אמת): Su valor es 441 ( ). Contiene la primera, la media y la última letra del alfabeto, simbolizando la eternidad.

Cuando la inconsciencia colectiva se adueña del lenguaje y de las intenciones, despoja a la Verdad (Emet, אמת) de su primera letra, el Aleph (א, la unidad divina/la conciencia continua). Lo que queda es Met (מת), que significa muerto.

La muerte física y espiritual ocurre cuando el observador se desconecta de la Unidad ( , Aleph) y queda atrapado únicamente en las estructuras rígidas del ego y la materia.

Analogías Bíblicas: El Sueño y el Desierto

En el texto bíblico encontramos la estructura alegórica de este tránsito:

El sueño de Jacob (Bereshit / Génesis 28): Jacob duerme sobre la tierra dura (el plano denso) y sueña con una escalera firmemente asentada en la tierra pero cuya cima toca el cielo. Los ángeles suben y bajan. Esto enseña que el hilo de la conciencia eterna nunca se rompe; el alma está simultáneamente en la cúspide (eternidad) y en la base (la brevedad terrenal).

El desierto (Midbar): La generación que sale de Egipto prefiere la esclavitud conocida por miedo a la libertad de la conciencia. La travesía de 40 años representa el proceso mediante el cual el inconsciente colectivo condicionado por la muerte debe disolverse para que nazca una conciencia rectificada capaz de entrar en la “Tierra Prometida” (un estado de percepción unificada).

El Reencuadre del Ciclo Terrenal

El ciclo terrenal es corto porque funciona como una lente de alta presión: un instante de rectificación consciente en este plano denso equivale a eones en dimensiones superiores de conciencia (Atzilut).

Cuando la inconsciencia colectiva parece dominarlo todo, la función de la conciencia despierta no es luchar contra la alucinación global con sus mismas armas, sino aplicar el principio de Transformación de la Vasija (Ratzon Lehabiah – el deseo de recibir para otorgar). Al recordar la raíz atemporal a cada instante, el alma perfora la Klipá colectiva, inyecta la Aleph (Unidad) en la ilusión de la muerte (Met), y restablece la Verdad (Emet) en el libreto de su vida.

Aprendamos de Abraham que como nuestro padre de la fe nos enseña que al final nos reencontraremos con nuestra esencia.

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