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Mi Parashá – Génesis 2:8

La expresión Vayyit’a Adonai Elohim (וַיִּטַּע יְהוָה אֱלֹהִים): “Y plantó el Señor Dios”, nos recuerda que el acto de plantar “vayyit’a” (וַיִּטַּע) nos llama, antes que nada, a revisar nuestras potencialidades gracias a la energía divina que es nuestra esencia, para poder restablecer ese espacio donde lo espiritual y lo material coexisten armónicamente, tal y como sucedía en el huerto del Edén.

Gan-be’eden miqqedem (גַּן־בְּעֵדֶן מִקֶּדֶם): “Un huerto en Edén, al oriente”, es un escenario que, de acuerdo con la palabra “Gan” (גַּן) “huerto” o “jardín”, y “Edén” (עֵדֶן) “deleite” o “placer”, nos habla de ese estado ideal de armonía que debe reinar también entre lo espiritual y lo material. Al estar ubicado este en “miqqedem” (מִקֶּדֶם), “al oriente”, dicha dirección es símbolo de iluminación, donde nos orientamos hacia la fuente de la luz espiritual.

Edén, que más allá de visualizarlo como un lugar físico, nos indica un estado de conciencia iluminado en el que nos sabemos cercanos al Creador, quien nos colocó allí: Vayasem sham et-ha’adam asher yatzar (וַיָּשֶׂם שָׁם אֶת־הָאָדָם אֲשֶׁר יָצָר), expresión “vayasem” (וַיָּשֶׂם), “puso”, que nos indica que el Creador nos ubicó en ese espacio con un propósito específico al ser co-creadores y, por ende, mayordomos del mundo, teniendo que trabajar en el cuidado de Su obra para elevar esos entornos físicos hacia estados más espirituales.

Esta metáfora, como tantas otras, nos reitera que cada ser humano tiene dentro de sí un “jardín” espiritual que debe ser cultivado, un alma que debe reorientarse hacia el oriente, hacia la fuente de la luz divina. Nuestro objetivo es mantener este jardín en un estado de equilibrio y santidad, protegiéndolo de las fuerzas negativas que pueden desequilibrarlo y de las que nosotros nos retroalimentamos al no atender el mandato de evitar la tentación de dichos frutos.

La palabra “Gan” (גַּן), por su valor gemátrico de 53, se relaciona con la expresión “Av” (אָב), que significa “padre” y que tiene un valor de 3, así como con “Nun” (נון), que tiene un valor de 50, para darnos la idea de ese poder creativo divino, representado por el Padre que nos otorgó su potencial infinito, representado por la Nun como semilla, para que buscáramos nuestra perfección en su eternidad.

Por lo tanto, el “Edén” (עֵדֶן), con su valor gemátrico de 124, nos proyecta esa combinación con los nombres que le damos al Creador para simbolizar la plenitud de la bendición divina y la perfección espiritual que se encuentran en el estado de Edén cuando nos conectamos conscientemente a su voluntad.

En nuestra vida cotidiana, debemos cuidar tanto de nuestro entorno físico como de nuestro jardín espiritual interior, la conciencia, buscando nuestra orientación permanente hacia la fuente de la luz divina, el Espíritu Santo, que nos posibilita vivir en un estado de equilibrio y plenitud gracias a que nos comunicamos con Él a través de la oración.

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