
Mi Parashá – Génesis 6:14
Desde la perspectiva que estamos ofreciendo para entender mejor cada versículo de nuestro estudio en porciones bíblicas, está claro que cada lector termina reinterpretando a su acomodo el mensaje que considera que le está otorgando dicho texto, lo que implica intentar que sea el Creador, a través de Su Santo Espíritu, quien nos aporte nuevos insumos para poder asimilar ese mensaje de redención que nos señala que somos sus hijos.
Tarea que, como en el caso de Noé, nos llama a escucharle y a actuar conforme a lo que Él nos pide, siendo obedientes a su mensaje, aun si este nos parece descontextualizado o incluso contrario a la interpretación que los demás hacen respecto a la vida. Desde esa lógica espiritual, la construcción física del arca puede visionarse hoy como una metáfora que nos invita a revisar ese recipiente roto mental y ocuparnos de reconstruirlo, preparándonos para su purificación.
Simbólicamente, la “tevá” (תֵּבָה), arca, tiene un valor numérico de 407 y simboliza la protección divina, así como la separación del caos exterior. La madera de “gofer” (גֹפֶר), con un valor de 283, se puede interpretar como un material específico que representa la resistencia y la durabilidad frente a los desafíos espirituales, y que, con su ayuda y guía, nos llama a resistir la influencia negativa del mundo exterior.
Incluso la mención de la brea que cubre el arca, con su valor numérico de 300, nos sugiere un proceso de purificación y cobertura, un acto necesario para asegurar la integridad espiritual. Esto no desmerece todas las demás enseñanzas que históricamente nos han llevado a revisar ese final de ciclo humano que, a la vez, significó el reinicio de una humanidad que debe entender que su misión es proteger y ser parte de la realidad espiritual.
Noé debía construir un arca para salvarse del diluvio, lo que implica que nosotros debemos construir y fortalecer nuestra “arca interior” frente a las adversidades del mundo, cuidando esa parte mental que consolida nuestra realidad física y espiritual, para que el mundo exterior reciba de esa luz a través de nuestra vasija, pero a la vez, para que la maldad de algunos, que fluye en el exterior, intente encontrar armonía fruto de nuestra pureza y la minimización de las influencias negativas.
El proceso de construcción y revestimiento, como metáfora, debe darle a nuestro crecimiento espiritual una nueva visión, para que nuestras nuevas decisiones estén alineadas con la voluntad divina, asegurándonos de que nuestro ser permanezca íntegro y alineado con la luz del Creador.
Esta perspectiva nos lleva a concluir que el mal que nos aflige y la intervención divina por la que tanto clamamos están en nuestras manos, al actuar para el bienestar general, en nuestras mentes, al irradiar esa luz divina de nuestro entendimiento, en nuestros corazones, al dar amor y ser útiles con nuestros dones en nuestros entornos, pero sobre todo en nuestras palabras, cuando, gracias a nuestras permanentes oraciones, bendecimos a todos y a todo.



