
MI Parashà – Génesis 7:11
Al releer la Biblia, debemos intentar aplicar los mensajes que allí se nos expresan a nuestras cotidianidades, para que, desde dicha interpretación, podamos adecuar todos los momentos de nuestras vivencias, especialmente los más críticos, a dichas enseñanzas. Así, podríamos, como se nos proyecta en este caso, evitar quejarnos cuando nuestras expectativas se desmoronan, para vislumbrar otra realidad en la que se está promoviendo el comienzo de una profunda transformación.
La ruptura de las fuentes del abismo y la apertura de las compuertas del cielo simbolizan, desde esta mirada prospectiva interior, esa combinación de fuerzas terrenales y divinas que, aunque describimos como devastadoras, son necesarias para la renovación y purificación de un mundo que, desafortunadamente, al alejarse del Creador, necesita que se reconstruya su orden.
Como lo hemos reflexionado gracias a la cábala y la gematría, el año seiscientos de la vida de Noé nos proyecta, gracias a la especificidad de dicho número de tiempo, una enorme enseñanza: todo tiene un momento adecuado dentro del plan divino, una cronología eterna que no coincide con la nuestra, por lo que solo debemos aceptar que antes de cualquier gran transformación, regularmente se darán anuncios que nos llaman a prepararnos meticulosamente dentro de ese tiempo determinado, para que, atendiendo las señales, no nos sorprendamos tanto cuando ello ocurra.
Sin embargo, como no le escuchamos y tampoco queremos leer lo que la misma naturaleza, con sus leyes, nos advierte, suponiendo con nuestro ego que todo lo podemos adecuar a nuestro acomodo libertino, terminamos sufriendo las consecuencias, no solo en nuestras vidas, sino también en las de nuestros seres queridos. Esos momentos son indispensables para recordarnos, en escenarios de crisis, que requerimos una transformación que, aunque pueda parecer arbitraria, forma parte del proceso natural de renovación y purificación espiritual.
Nuestras propias enfermedades nos llaman a entender esto, y la paciencia a la que estas nos obligan realmente nos incentiva a mantener la fe, especialmente durante los tiempos difíciles, confiando además en que estos pueden ser el preludio de un renacimiento y una nueva creación, tanto en nuestras vidas personales como en el mundo en general.
La misma muerte de seres queridos, por la cual en ocasiones reclamamos al mismo dador de la vida, nos llama a estar atentos a todos esos “signos o señales” que nos presenta incluso nuestra realidad exterior, pero que a veces no logramos reconocer hasta que estamos al borde de esa gran transformación. Aunque en ocasiones no estamos preparados para recibir el cambio, es claro que el proceso, aunque pueda ser doloroso, estará guiado por un propósito divino hacia la redención y la renovación.
Quizá no podamos reconocer el momento, el día, la fecha; quizá no comprendamos que el número en el que nos encontramos simboliza el fin de un ciclo completo o la culminación de un período importante. Sin embargo, estamos obligados a entender que cada instante contiene insumos para comprender nuestra misión y hacerla realidad, así que entendamos que aquí y ahora podemos ser llamados al inicio del juicio divino sobre nosotros. Debemos estar preparados para afrontarlo con plenitud, para sabernos guiados por Él en ese cambio radical.
El mismo segundo mes y el día diecisiete (בַּחֹדֶשׁ הַשֵּׁנִי בְּשִׁבְעָה־עָשָׂר יוֹם), con su especificidad, nos reitera que nuestra secuencialidad dentro del tiempo no es algo accidental, lo que nos llama a ver en cada segundo esa oportunidad de acercarnos al Creador a través de Su obra. En este caso, el segundo mes representa ese período de transición, mientras que el día diecisiete, que en gematría suma 8 (1 + 7), simboliza el comienzo de un nuevo ciclo o el umbral hacia algo nuevo.
Por su parte, para entender mejor el contexto de la expresión “las fuentes del gran abismo y las compuertas de los cielos” (מַעְיְנֹת תְּהוֹם רַבָּה וַאֲרֻבֹּת הַשָּׁמַיִם), es preciso vislumbrar esa ruptura de las fuentes del abismo y la apertura de las compuertas celestiales como una liberación masiva de energía y del poder divino. Las aguas del abismo simbolizan las fuerzas primordiales de la creación, mientras que la apertura de los cielos representa la intervención directa de lo divino en el mundo. Por lo tanto, este evento señala un momento de transformación extrema, donde las fuerzas tanto de arriba como de abajo se combinan para realizar el juicio y la purificación del mundo.
La misma gematría nos enseña, a través de la palabra “Tehom” (תְּהוֹם), que se refiere al abismo, con un valor gemátrico de 451 (ת = 400, ה = 5, ו = 6, ם = 40), que al descomponerse en 4 + 5 + 1 = 10, simboliza esa completitud y la culminación de un ciclo, aludiendo así a la totalidad del juicio que estaba por ocurrir.
Por su parte, la palabra “Arubot” (אֲרֻבֹּת), que se refiere a las compuertas, tiene un valor de 678, que se descompone en 6 + 7 + 8 = 21, y 2 + 1 = 3, lo cual nos llama a ese equilibrio y estabilidad, que también se nos manifiesta claramente en el mundo físico, aunque regularmente no lo reconozcamos. Esta es una razón de peso para estar más atentos, observar y leer mejor lo que Él nos señala a través de cada una de nuestras vivencias.



