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Mi Parashá – Génesis 7:21

Hay circunstancias en la vida que nos devastan tanto que nos parece impensable superarlas; sin embargo, tal como ocurrió con el diluvio, en el que toda forma de vida sobre la tierra pereció, siempre tendremos la posibilidad de recuperarnos, incluso frente a la misma muerte. Quizá por ello, el término “kol-basar” (toda carne), que en este versículo hace referencia a todos los seres vivientes, así como la expresión “vayigva” (pereció), nos asustan, especialmente cuando nos enfrentamos al inevitable juicio divino.

Sin embargo, nuestra carne es temporal, aunque no lo parezca, y esto solo nos recuerda que estamos viviendo una experiencia terrenal temporal en esta dimensión física mortal, la cual está sujeta a la corrupción. Esto nos lleva a comprender que tendremos un nuevo ciclo de vida si superamos la purificación total.

Como seres vivos (בָּעֹוף וּבַבְּהֵמָה וּבַחַיָּה וּבְכָל־הַשֶּׁרֶץ), debemos entender que la vida misma contiene diferentes niveles dentro del proceso de la creación. Al comprender medianamente todos estos aspectos, estamos llamados a percibir en esa aparente destrucción un mensaje renovador que abarca todas las dimensiones de nuestra coexistencia; por ende, partiendo de lo bajo, podemos proyectarnos hacia lo más elevado.

Toda la humanidad debería comprender que contamos con una realidad espiritual que incluso supera nuestra racionalidad. Así que, aunque desde esa lógica nos cueste entender el juicio final, es claro que nuestro microcosmos, al igual que el macrocosmos, coexisten paralelamente, lo que significa que nuestra caída también contiene una elevación que afecta directamente a toda la creación.

Somos parte integral y estamos interconectados, lo que quiere decir que, mientras sigamos reproduciendo corrupción, seguiremos promoviendo destrucción. Nuestro llamado es ser útiles a todo lo que se mueve, “haromes” (הָרֹמֵשׂ), incluso a “lo que se arrastra,” con un valor gemátrico de 345 (ה = 5, ר = 200, מ = 40, ש = 300), término que, si se descompone en 3 + 4 + 5 = 12, y luego 1 + 2 = 3, nos lleva a entender la trinidad en la unidad, la diversidad que se suma a todo lo creado.

La trinidad, que para los creyentes representa al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, a pesar de nuestra enfermiza visión egocéntrica, continúa haciendo que el plan divino para restaurar el equilibrio y la unidad en el universo se mantenga. Así, la destrucción de “toda carne” no simboliza nuestro fin, sino el fin de un ciclo de corrupción y la preparación para un nuevo comienzo.

Es necesario sintonizarnos con lo divino para purificar nuestros propios cuerpos y almas y así evitar la corrupción que lleva a la destrucción, recordando que todos los niveles de la creación están interconectados y son igualmente importantes en el plan divino. Esto nos desafía a valorar y respetar toda vida, reconociendo que nuestras acciones tienen un impacto que va más allá de nosotros mismos.

Somos responsables de nuestra conexión con lo divino y con el resto de la creación. Es allí donde nuestra espiritualidad, ética y comportamiento afectan no solo nuestras vidas, sino también el equilibrio del mundo en su conjunto. Esto nos lleva a entender que nuestra naturaleza cíclica incluye la vida y la muerte, el juicio y la redención.

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