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Mi Parashá – Génesis 7:22

La frase “nishmat ruach chayyim” (aliento de espíritu de vida) nos recuerda que “ruach” (espíritu) representa una de las dimensiones del alma, conectada con la vida emocional y la conciencia, lo que significa que, cuando se pierde el aliento de vida, se produce la muerte. Por lo tanto, el diluvio no solo destruyó la vida física, sino que también interrumpió la conexión espiritual entre los seres vivientes y el Creador.

El término “charavah” (tierra seca) sugiere un lugar desprovisto de agua, simbolizando la ausencia de vitalidad espiritual, un escenario carente de vida que se convierte en el entorno de la muerte total y que se proyectó durante el diluvio. Esto refuerza la idea de que, sin la conexión vital con lo divino, representada por el agua y el espíritu, la vida no puede sostenerse.

La palabra “nishmat” (נִשְׁמַת), que se refiere al aliento o alma, tiene un valor gemátrico de 740 (נ = 50, ש = 300, מ = 40, ת = 400), el cual se descompone en 7 + 4 + 0 = 11, y luego 1 + 1 = 2, asociando esta idea con la dualidad y la interacción entre lo divino y lo humano. Por lo tanto, la destrucción del “nishmat” en estos seres indicó la ruptura de esa conexión esencial con lo divino.

La muerte de todo lo que tenía aliento de vida sobre la tierra seca puede ser vista no solo como un acto de destrucción, sino también como una forma de purificación, ya que para nosotros la muerte no es el fin, sino una transición hacia una nueva forma de existencia. Este versículo nos enseña que, aunque la vida tal como se conocía fue destruida, el propósito final es la renovación y la creación de un nuevo mundo más alineado con la voluntad divina.

Obviar esa fragilidad de la vida es, a la vez, no tener en cuenta la importancia de nuestra conexión espiritual con el Creador, sabiendo que dependemos de ese “aliento de vida” que no solo nos sostiene en la vida física, sino, sobre todo, en la vida espiritual, ya que este nos conecta con lo divino. La pérdida de esta conexión es lo que lleva a la destrucción y muerte en la narrativa del diluvio.

La tierra seca como escenario de esta destrucción subraya la idea de que, sin la vida espiritual y la conexión con lo divino, la existencia se vuelve estéril y vacía, incapaz de sostenerse, lo cual nos desafía a mantener nuestra propia conexión con lo divino, asegurando que nuestras vidas estén llenas de la vitalidad espiritual necesaria para florecer.

La muerte y la destrucción en el contexto del diluvio no son solo actos de juicio, sino también oportunidades para la purificación y el renacimiento, lo cual nos anima a ver nuestras propias pruebas y desafíos no como fines en sí mismos, sino como pasos necesarios en nuestro camino hacia una mayor comprensión, conexión y alineación con la voluntad divina.

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