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Mi Parashá – Génesis 8:2

Valdría la pena que, así como Él se acuerda de nosotros, nosotros también lo hiciéramos, para que no solo le llenáramos de reclamos y quejas, sino también de alabanzas fruto de agradecerle por todo y por todos, atendiendo a lo que hasta nuestro propio microcosmos nos enseña al mostrarnos su perfección.

No partimos del encuentro de un esperma y un óvulo, sino de Él, de Su palabra que vibra y fluye en todo. Así que, desde nuestra propia habla, debemos ir descubriendo y despertándonos para reconstruir una nueva realidad, acorde con la armonía incluso de nuestros sistemas.

Nuestro propio estómago nos muestra a diario cómo armonizar la vida, teniendo en cuenta lo que nos nutre y lo que no, siendo incluso nuestras propias bacterias grandes maestras que nos revelan el proceso divino. Por ello, cada signo, palabra, expresión, es una señal divina.

Releer expresiones como: “וַיִּזְכֹּר” (Vayizkor – “recordó”), con un valor numérico de 263; “אֱלֹהִים” (Elohim), con un valor de 86; “רוּחַ” (Ruaj – “viento” o “espíritu”), con un valor de 214; o “הָאָרֶץ” (Haaretz – “la tierra”), con un valor de 296, nos indica, al correlacionarlas incluso con otras palabras y conceptos, que el “recuerdo” de nuestro Creador como acto reaviva su promesa, siendo el “viento” un símbolo de renovación y purificación, y la “tierra” una proyección de nuestra necesidad de estabilidad y la vida renovada.

Por ello, no debemos obviar la renovación que significa la misericordia divina, la cual se nos muestra incluso a través del mismo viento, del cual tomamos su hálito de vida, el cual además usó para retroceder las aguas. Nos indica que, en los momentos de caos o destrucción, de diluvio, Él está presente, recordándonos que después de la tormenta viene la calma, y con ella, una nueva oportunidad para crecer y vivir en armonía con el mundo y con la divinidad.

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