
Mi Kabbala – Elul 12 – domingo 15 de septiembre del 2024
¿Costumbres?
El Texto de Textos nos revela en Levítico 19:37, “guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra. Yo el Creador”.
Nuestra mayor riqueza como creyentes es respetar los preceptos y mandatos divinos, que nuestro Señor Jesucristo resumió en amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos y, lógicamente, al Creador por encima de todas las cosas. Esta visión debería traducirse en trabajar arduamente a diario, no tanto para acumular tesoros en esta tierra, sino para ganarnos la entrada al reino de los cielos. En analogía, esto denota que los mensajes del evangelio deben ser llevados a actos donde prime más la fe que las obras, las cuales deben reflejar ese amor, אַהֲבָה (ahavá).
Este es el propósito general de un universo que anhela que la humanidad alcance un estado de perfección, Tikun, en el que todos los seres vivos formemos una sola familia, un hogar común en el que nos consideremos más que prójimos, hermanos, coexistiendo en un bienestar general. Esto significa que la ley del amor nos permitirá, a través de nuestras decisiones, iluminar al mundo y fluir armónicamente desde nuestros corazones, vinculándonos cada vez más al Creador. La palabra hebrea Korban (קָרְבָּן) nos habla de las ofrendas que, como sacrificios, se convierten en muestras de amor.
Buena parte de las tradiciones, incluyendo la del pueblo judío que guarda profundamente los mandatos de la Torá y sus preceptos o Mishná (מִשְׁנָה), nos invita al estudio continuo y a la repetición permanente de versículos como una forma de que todo nuestro ser se acoja no solo a esas costumbres, transmitidas oralmente en un principio, sino a un actuar cotidiano donde las plegarias, pero sobre todo nuestros actos, nos reconecten con el Creador. Él desea relacionarse con nosotros y, para ello, se limitó humanándose, haciéndose a nuestra imagen para, con su sacrificio en la cruz, cubrir nuestros pecados y permitir así nuestra redención.
Se trata de vivir no solo como lo proyectan esas tradiciones que nos hablan de una ley del otorgamiento, הענקה (ha’anaká), que implica, entre otras cosas, dar sin esperar nada a cambio en la búsqueda de elevar nuestra alma. Esto nos permite lograr la trascendencia que nos alinee con su Espíritu, para que así nuestro cuerpo, como templo, fluya holística e integralmente. No se trata de descalificar las leyes, sino de mantener la fe como herramienta, siendo la oración la mejor forma de integrarnos a su esencia.
En la naturaleza misma están esas instrucciones originales que nos llaman a conectarnos con Él, y por ello deben servirnos como recordatorio constante para obedecerle. Así, atendemos ese alto número de preceptos como propósitos de vida que deben respetarse. Como creyentes, también debemos sabernos obligados por la ley y permitirnos aceptar su gracia, חֵן (chen), su misericordia y la libertad de su fe. Esta fe no vino a abolir las normas, sino a darnos otra salida con una ley superior: la de su amor.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 5:17, “no penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. 18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.
Oremos para que el amor sea nuestra mejor obra.



