
Mi Parashá – Génesis 11:12
La vida de Arpajshad y el nacimiento de su hijo Sélaj nos continúan simbolizando la importancia de la transmisión de la sabiduría divina a lo largo de las generaciones, tal como nos enseñó Sem, por ello la longevidad de Arpajshad y su capacidad de engendrar a Sélaj a los 35 años muestran que alcanzó pronto esa madurez espiritual indispensable para continuar con la misión de preservar la conexión con lo divino.
Si comparamos este tiempo con el de sus antecesores, que engendraban a mayor edad, esto nos indica que Arpajshad logró un equilibrio entre lo material y lo espiritual. Por lo tanto, ese número indica que la vida no puede basarse únicamente en lo físico ni en lo espiritual, sino que debe haber un equilibrio entre ambos para que el propósito de la vida se cumpla.
La frase que compone ese número 35, “חֲמִשִּׁים וּשְׁלֹשׁ שָׁנָה” (Chamishim ushlosh shanah), con un valor gemátrico de 684 (ח=8, מ=40, ש=300, י=10, ם=40, ו=6, ש=300, ל=30, ש=300, נ=50, ה=5), nos proyecta una combinación para comprender lo físico y lo espiritual desde un equilibrio necesario, siendo nuestra madurez espiritual fundamental para engendrar y transmitir sabiduría.
Por ello, el nombre Arpajshad, “אַרְפַּכְשַׁד”, y su valor de 605 (א=1, ר=200, פ=80, כ=20, ש=300, ד=4), sugieren un papel fundamental en la transmisión de la espiritualidad y la conexión entre lo divino y lo humano. Esto refuerza la importancia de su figura central en la genealogía que finalmente llevará a Abraham.
Su vida es un símbolo de la continuidad espiritual que sigue después del diluvio, asegurando que el legado de Noé y Sem no se pierda. Por ello, Sélaj, “שָׁלַח”, cuyo valor gemátrico es 338 (ש=300, ל=30, ח=8), también juega un papel importante en esta cadena de transmisión espiritual. Este nombre significa “enviado” o “mensajero”, cumpliendo con el propósito divino de continuar la misión espiritual de sus antepasados.
El valor de 338 indica que su papel en la genealogía es clave para el crecimiento espiritual de las generaciones futuras. Así, no debemos perder de vista la continuidad y la transmisión del conocimiento espiritual a lo largo de las generaciones, pues nuestras propias vidas están llamadas a perpetuar esa responsabilidad de transmitir sabiduría, conocimiento y conexión espiritual a las generaciones venideras.



