
Mi Kabbala – Tishrei 21, 5786 – Lunes 13 de octubre del 2025
¿Plan?
El Texto de Textos nos revela en Ezequiel 1:4, “Y miré, y he aquí venía del norte un viento tempestuoso, y una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente, 5 y en medio de ella la figura de cuatro seres vivientes. Y esta era su apariencia: había en ellos semejanza de hombre. 6 Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas”.
El concepto Tsimtsum (צמצום) o contracción, se refiere a un proceso de autolimitación del Creador, que minimiza la intensidad de Su Luz en relación con toda su capacidad, para permitirnos existir en este mundo que cual recipiente (Keli) contiene apartes de Su esencia, siendo las Sefirot o manifestaciones esos círculos concéntricos (Igulim) que permiten nuestra autonomía, receptáculos que constituyen Su plan, escenario en donde lo que calificamos como “malo” simplemente representa nuestra desobediencia resultante de separarnos de su voluntad, desafío que nos llama a decidir si nos dejamos guiar por Su Palabra o preferimos seguir deambulando con nuestra desobediencia.
Se cree que fueron seiscientas mil chispas de la Luz del Creador las que se dispersaron como almas en la Tierra, multiplicándose a su vez en los miles de millones de personas que compartimos genéticamente esa esencia, diversidad que nos llama a la Unidad, la misma que llevó al propio Creador a encarnarse para rescatarnos ofreciéndonos así su plena misericordia y redención, en busca que le sigamos de retorno a la eternidad, dimensión en donde ángeles (Malakh, מלאך) y demás seres espirituales nos esperan, revelaciones que nos reconfirman ese plan del cual hacemos parte.
En la actualidad, nos encontramos en un plano intermedio entre los ángeles caídos, Tachatonim, que habitan en una dimensión baja, y las huestes alejadas, Sheddim, que proliferan como fuerzas del pecado, una especie de guerra espiritual con los Elyonim (אֱלֹהִים), que no percibimos fácilmente, pero que tiene un propósito y es el de ascender voluntariamente haciéndonos conscientes de esa esencia, la misma que nos llama como los diez arcángeles a alabarle, agradecerle y bendecir en correspondencia con cada una de las Sefirot, esas que nos hablan de nuestro origen, el mismo que debemos ir descubriendo en la medida que nos sabemos parte activa de Él.
Imitando a Enoc (אנוך) y otras personas justas, deberíamos enfocarnos en el cielo sin importar si sufrimos o no la muerte física, fin de esta dimensión terrenal que simplemente es otra herramienta del Altísimo para completar Su obra, la misma que forja nuestra voluntad permitiéndonos recrearnos en ella de tal manera que todo nos acerque a Él, si así lo permitimos, ya que en cada partícula esta ese fragmento de Su Luz, lo que hace que nuestros deseos e intenciones quieran movilizarse hacia lo bueno y bello mientras nuestra mente confundida va reorganizando todos esos desconocimientos.
Cuando nuestro cuerpo fallece, al final, tras esa transición, saldremos de la dimensión de la ilusión, sí de la ficción (Mirmá, מִרְמָה), que experimentamos aquí y ahora, para que nuestra alma se haga realmente consciente de su esencia y logre alcanzar voluntariamente la unión total con el Creador, libre de la muerte y del dolor, proceso de transformación que nos resulta difícil de comprender hoy, ya que seguimos apegados al mundo material y a lo ilusorio, sin reconocernos como lo que somos: Sus hijos.
El Texto de Textos nos revela en I de Juan 2:17, “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad del Creador permanece para siempre”.
Oremos para aceptar su voluntad y dejarnos guiar de Él.



