
Mi Kabbala – Nisán 8, 5786 – Jueves 26 de marzo del 2026.
¿Inteligentes?
El Texto de Textos nos revela en Levítico 25:25, “cuando tu hermano empobreciere, y vendiere algo de su posesión, entonces su pariente más próximo vendrá y rescatará lo que su hermano hubiere vendido. 26 Y cuando el hombre no tuviere rescatador, y consiguiere lo suficiente para el rescate, 27 entonces contará los años desde que vendió, y pagará lo que quedare al varón a quien vendió, y volverá a su posesión”.
Cada ser humano físicamente es diferente y ello nos ratifica que desde la misma creación de Adán (yatzar, יצר) Él nos moldeó únicos, tal como aquel alfarero que con sus manos diseña Su vasija de barro. En el caso de Eva (baná, בנה) Él le construyó de otra forma (biná, בינה) desde Su inteligencia. Lo que leído desde las Sefirot, nos permite deducir que Eva fue dotada con ese sentido superior creativo que complementa lo físico tomado del polvo con la inteligencia divina, proceso que nos otorga integralmente esa estructura única que nos hace a Su imagen y a la vez a Su semejanza.
El profeta Isaías describe además que Él se humanó: Mesías, cual tronco de Jesé (ישי, Ysay: regalo) para que ese retoño le diera a nuestra estirpe Adánica unas nuevas bases espirituales, completando así dicha obra. La misma que pareciera imperfecta por el pecado, pero que Él con su propia sangre purifico otorgándonos Su eternidad, al hacerse Él mismo pecado para salvarnos de la muerte, lo que significa que Él mismo como segundo Adán nos forjó dándonos un alma para que voluntariamente aceptásemos ser Sus hijos, disfrutando finalmente de todo lo que creo para que nosotros nos recreáramos en Él.
Desde Adam hemos sido esclavos (עָ֫בֶד, ebed) de nuestros pecados y por ende estamos encadenados a nuestras egocéntricas consecuencias, lo que significa que debemos acceder individual y voluntariamente a Su obra, dejando a un lado esa desobediencia, aceptando por fe Su rescate, a través del cual se nos dio a conocer como hijo: nuestro Señor Jesucristo, simplemente para demostrarnos Su amor, gracias a un proceso de redención y perdón que nos denota esa gracia a través de la cual se nos ha otorgado la misma vida en pro que le conozcamos y nos reconozcamos desde esa esencia.
Lo complejo de entender de ese sencillo mensaje de la cruz, solo se logra a través de Su Espíritu, por lo que quienes prefieren ver en su crucifixión solo un método de ejecución Romano que le aplicaron a Él como líder, obvian que ese acto profundo tiene que ver con esa enseña bíblica del Árbol de Vida (Etz Jaim, עץ חיים), por lo cual al ser clavado en la porción vertical de dicho madero: Él representa la misma divinidad. Por su parte, sus brazos en la posición horizontal expresan esa humanidad que asumió y que le permitió el entendernos plenamente desde nuestros pecados y así redimirnos.
Quienes estudian las Siete Palabras o últimas frases que Él pronunció durante su crucifixión antes de morir, de las que hablan los Evangelios, nos dicen que ellas traducen apartes de lo que las profecías decían al respecto del Mesías, siendo la pasión, crucifixión, muerte y resurrección un símbolo de redención, que implica aceptar de una vez por todas que Él nos rescató pagando con su sangre el precio de salvarnos (גְּאֻלָּה, gueullá).
El Texto de Textos nos revela en Hebreos 9:15, “y por eso Él es el mediador de un nuevo pacto, a fin de que habiendo tenido lugar una muerte para la redención de las transgresiones, que se cometieron, bajo el primer pacto, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna”.
Oremos para entender mejor el mensaje redentor de nuestro Señor Jesucristo.



