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Mi Kabbala – Av 10, 5785 – Lunes 4 de agosto del 2025

¿Predicadores?

El Texto de Textos nos revela en Números 18:1, “Jehová dijo a Aarón: Tú y tus hijos, y la casa de tu padre contigo, llevaréis el pecado del santuario; y tú y tus hijos contigo llevaréis el pecado de vuestro sacerdocio. Y a tus hermanos también, la tribu de Leví, la tribu de tu padre, haz que se acerquen a ti y se junten contigo, y te servirán”.

Estamos llamados a hacernos uno con el Creador nuevamente, ello debido a un proceso que partió de la contracción de Él para crear un espacio vacío en el cual se minimizará su Luz, y así creó el universo, del cual podemos apreciar en esta oscuridad sus manifestaciones Sefirot, siendo este como Su mente: recipiente (kli – כְּלִי) que gracias a Su palabra generó lo que llamamos vida, lo que significa que al recrearnos en ella podemos transformar nuestros entornos siguiendo eso sí la guía de nuestro sumo sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, quien al humanarse tomando nuestra forma, nos mostró cómo entregar nuestra voluntad y corazón en ese propósito divino.

Lectura que nos hace hijos de Adam, además de la línea genealógica de Aarón, hermano de Moisés, de quien descendieron genealógicamente los kohen (כּהן), sacerdotes (kohanim) que además de ser los responsables de las tareas específicas para los ofrendas cotidianas y las festividades de sacrificio, debían cumplir con ese labor de iluminar nuestro entendimiento, quizá por ello estos usaban vestiduras especiales, con un pectoral adornado con las doce piedras, aseguradas por cadenas de oro sobre el efod y, en la mitra, una placa de oro con la inscripción de santidad, denotándonos un camino.

Como primogénitos debemos por ende servir al Creador en su obra, ser útiles a estos propósitos para que cual sacerdotes de la tribu de Leví, mantengamos estas creencias de sabernos hijos, herederos del reino, Cohanim, y aunque no se trata de vestirnos de rabinos (Rabí – רַבִּי) no nada por el estilo, si debemos atender su palabra ser maestros y ejemplos de amor siguiendo esa autoridad celestial que nos llama a rendirle culto diario solo a Él como nuestro supremo redentor y salvador.

Los creyentes debemos entender que somos un todo, para que, desde esa lógica espiritual, podamos sumarnos al concepto de un solo ser, uno que nos integra en este mundo, donde las almas se deben unir voluntariamente y saberse uno con su Creador. Logrando a través de esa integración con el Espíritu Santo el cometido divino, para lo cual debemos comprender estas creencias desde una nueva perspectiva como levitas (Leviim – לֵוִיִּם) seres que se distinguen de la masa general por ser capaces de conectarse entre ellos más fuertemente que los demás, integrándose a través de Él sumo sacerdote.

El concepto de Yijud (איחוד) simboliza esa unidad y conexión, la cual nos reitera que no hay limitaciones para integrarnos con ese ser Superior. Para ello, eso sí debemos aislarnos de la esclavitud que significa Babilonia y, gracias a esa visión, entender que no hay diferencia de raza y que, aun sin ser el pueblo escogido, fuimos elegidos. Esto significa que solo dependemos de esa fe que como búsqueda individual, nos debe llevar a alcanzar cada vez más ese nivel espiritual que nos permita fundirnos con el Creador.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 7:6, “Pero aquel cuya genealogía no es contada de entre ellos, tomó de Abraham los diezmos, y bendijo al que tenía las promesas. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor. 

Oremos para que cual sacerdotes nos hagamos uno con el Creador.

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