
Mi Kabbala – Av 26, 5785 – Miércoles 20 de agosto del 2025
¿Esperanza?
El Texto de Textos nos revela en Jeremías 2:13, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”.
La esperanza (mikve, מִקְוֶה – de la raíz KVH, קוה), nos llama a la paciencia, lo que significa que la salvación del Creador nos incita a consolidar esa virtud gracias a que Él (Mikve Yisrael – Esperanza de Israel) es nuestra redención como iglesia, de allí que ese concepto hebreo mikve, que también significa charco de agua, nos reitere desde el Génesis de nuestra creación que esas aguas (mikve – mayim) en que se movía Su Espíritu arriba, como nuestros mares abajo, que separan nuestro mundo simbolizan igualmente esa nuestra esperanza de vida terrenal.
No es gratuito que nos guste tanto el mar y disfrutar en sus playas, pero sobre todo que sea este líquido tan vital mas que para refrescarnos, indispensable como alimento de vida, y en el cual se concentra tanto el hidrógeno como el oxígeno: hálito de vida del Creador (נִשְׁמַת חַיִּים, Nishmat Chayim), elementos que le dan a nuestra existencia la posibilidad de ser, fluir que además nos genera una motricidad, insumos que adicionalmente nos limpia, denotándonos que solo Él puede quitarnos con su esencia nuestras impurezas al sumergirnos en Su ser, el mismo que nos permitirá nacer de nuevo.
El agua no solo es el recurso más abundante de la Tierra sino la base de toda vida, y en ella se encuentra el origen de todo lo que existe en nuestro planeta. Nuestros mares (ים – Yam), nos recuerdan entonces que tenemos un Dador y que Él es nuestro más preciado manantial; por lo tanto, Él es nuestra más profunda esperanza, perspectiva que también nos expresa la necesidad de ser pacientes durante el transcurso de esta vida para lograr nuestro reencuentro con Él, bebiendo a cada instante de Su fuente de vida eterna, manantial que nos llama a sumergirnos en Èl.
Todos los tiempos, por difíciles que nos parezcan, nos motivan a consolarnos en Èl, con la certeza de que Él es nuestra esperanza y de que sus promesas nos están aguardando; de allí que Él mismo nos garantiza la vida eterna. El Nuevo Testamento nos recrea esto en diferentes pasajes, especialmente cuando nuestro Señor Jesucristo fue expulsado de Nazaret y se trasladó a una humilde aldea de pescadores llamada Cafarnaún (כְּפַר נַחוּם, Kfar Nahum), que significa “aldea de consuelo”, nombre apropiado porque fue allí donde Él realizó sus primeras sanaciones durante su corto ministerio público, al punto que el mismo evangelista califica dicho entorno como la propia ciudad de la salvación.
Mientras en este plano terrenal disfrutamos del agua para retroalimentar nuestros días, en el plano espiritual esos ríos de agua viva que nos ofrece nuestro Señor Jesucristo a través del Espíritu Santo nos invitan a beber de sus manantiales amorosos de paz y armonía cada vez que nos sintamos cansados y desanimados, fruto de nuestras complejas relaciones cotidianas embebidas en pecados, fluir que es nuestra esperanza para no desfallecer y que le da a este paso terrenal la posibilidad de prepararnos para la eternidad (נֶצַח, Netzach) en donde podremos sumergirnos eternamente en Su paz.
El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 22:17, “Y el que tenga sed, que venga; y el que quiera, que tome gratuitamente del agua de la vida”.
Oremos por el agua de vida que nos ofrece nuestro Señor Jesucristo.



