
Mi Kabbala – Elul 8, 5785 – Lunes 1 de septiembre del 2025
¿Discipulados?
El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 27:1, “ordenó Moisés, con los ancianos de Israel, al pueblo, diciendo: Guardaréis todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. 2 Y el día que pases el Jordán a la tierra que Jehová tu Creador te da, levantarás piedras grandes, y las revocarás con cal; 3 y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley, cuando hayas pasado para entrar en la tierra que Jehová tu Creador te da, tierra que fluye leche y miel, como Jehová el Creador de tus padres te ha dicho”.
El concepto de discipulado parece tener una relación directa con el de sacerdote (kohen, כּהן), título que para los creyentes solo puede llevar nuestro Señor Jesucristo como Mesías y Salvador, por lo tanto, nuestro discipulado implica que, como pecadores, tenemos gracias a la fe en Él la posibilidad de transformar nuestras existencias al vivenciar esas buenas nuevas con quienes nos acompañan en este trayecto, predicando e irradiando su misericordia, especialmente a quienes no quieren comprenderlo.
Algunos consideran que Aarón fue el primer sacerdote, pero según la Biblia, fue Melquisedec, rey de Salem, quien se menciona junto a Abraham, incluso como amigos del Creador, en la batalla que este emprendió para rescatar a su sobrino Lot. Este sacerdote lo recibió y a partir de ese encuentro y su bendición, Abraham le dio parte de todo el botín de guerra, práctica que se mantiene hasta nuestros días, en la que sacerdotes, pastores, rabinos y demás servidores del Creador reciben los diezmos (עָשַׂר, asar) como pago por su oficio, de quienes se congregan.
Levi (לֵוִי), nieto de Abraham, años más tarde fue elegido por el Creador para ser el padre de la tribu sacerdotal, cuando la Ley fue dada en el Monte Sinaí. Los levitas fueron identificados como los sirvientes del Tabernáculo, por ser familia de Aarón y, por ende, de los sacerdotes, convirtiéndose en responsables de hacer intercesión ante el Creador y su pueblo mediante la ofrenda y los sacrificios que se requerían por ley. Sin embargo, con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, tanto el Lugar Santísimo como la Expiación, debido a su sangre, consolidaron un nuevo pacto, que ya no requiere ni de estos ritos ni de sacerdotes humanos, lo que significa que Él es nuestro único sacerdote.
Los creyentes, como discípulos, tenemos como intercesor al Espíritu Santo, y Él, como nuestro Melquisedec o sumo sacerdote, fue designado incluso desde el momento en que se entregó la Ley en el Monte Sinaí. A diferencia de los sacerdotes levíticos, se ofreció a sí mismo como sacrificio (זֶ֫בַח, zebach) para satisfacer el pacto por nuestros pecados. A partir de entonces, quienes tenían que ofrecer continuos sacrificios ya no lo deben hacer, debido a que Él es, fue y será el único y último sacrificio para la redención eterna de todos.
Cada sacerdote era designado de entre los hombres y Él, siendo nuestro Creador desde la eternidad, se hizo hombre a fin de sufrir la muerte y servir como nuestro único sacerdote. Así que como hombre, estuvo sujeto a todas las debilidades y tentaciones que nosotros enfrentamos, para que pudiera identificarse personalmente con nuestras luchas. Hoy en día, sacerdotes, curas, pastores, predicadores, apóstoles o cualquier otro nombre que se les dé, no son más que discípulos del Creador (תַּלְמִיד, talmid), que predicando su palabra, no realizan ningún tipo de sacrificio, sino que deben orientar su fe hacia la oración y su guía.
El Texto de Textos nos revela en Hechos 5:42, “y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y predicar a Jesús como el Cristo”.
Oremos para que Jesús cure nuestras angustias.



