
Mi Kabbala – Jeshván 10, 5787 – Miércoles 21 de octubre del 2026
¿Imagen?
El Texto de Textos nos revela en Isaías 40:12, “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? 13 ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? 14 ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?
El concepto de imagen (tzelem, צֶלֶם) en hebreo, nos lleva a otra expresión más breve: tzel, que significa “sombra” y así gracias a esa analogía, proyectar esa Luz del Creador. Chispas producto de la vibración de Su Palabra que, con sus destellos iluminan la oscuridad de nuestras mentes. Imágenes y reflejos que nos guían hacia Él y ese todo del que nos alejamos. Integración que nos habla de Su belleza y divinidad, de otra realidad a la que podemos acceder al otorgarle otro significado a nuestro lenguaje. Vivencias que requieren de otros conocimientos para darle otro sentido a nuestras coexistencias.
Nuestros intercambios de información nos llevan hoy a percibir a través de nuestros sentidos decodificados otro tipo de significantes que con sus ruidos, olores, sabores o aquello que creemos percibir, clasificamos en nuestra memoria de una forma acorde a esas experiencias preestablecidas. Realidad que está alejada de esa imagen divina que, en esencia, sigue retroalimentándonos, aun desconociéndole; por recrearnos más en nuestro caos, desorden y conflictos, fruto de un libre albedrío que, al no ser pastoreado (roeh, רוֹעֶה), por Su Palabra y Sus preceptos, nos mantiene presos de imágenes confusas.
Fluimos con Su Luz, Su energía, pero la bloqueamos con nuestros distractores lingüísticos, que nos desvían de ese sentido trascendente y nos conducen a alucinaciones confusas que se apoderan de nuestras mentes. Ideas, llenas de nuestros desconocimientos, que reproducimos y que provocan nuestras históricas desilusiones, esas que nos limitan y desenfocan con engañosos imaginarios, necesitando iluminar nuestro entendimiento (Biná, בינה, tercera sefirá), para que nuestro proceso racional se articule con esa voluntad divina y seamos orientados hacia otro tipo de pensamientos, alineándonos con Su Palabra.
Creyentes como Acaz (אָחָז, ʼĀḥāz, “sostenido”), nos llaman a aferrarnos a la sombra del Creador, para reorientarnos con esos destellos en pro que nuestro cuerpo, cual tabernáculo, permita ese reencuentro permanente través de Su Haz de Luz, tomando de Su imagen, de Su semejanza, para comportarnos conforme a Su Voluntad. Logrando que esa Luz se irradie en todos nuestros entornos y proyecte la armonía y paz que Su Palabra reproduce, alejándonos así de la esclavitud del pecado y de este mundo oscuro que nos mantiene fragmentados; cargados de alucinaciones y deseos egoístas.
Vivir bajo Su sombra (צֵל, tzel) significa entonces que tenemos la capacidad volitiva de mantenernos orientados por Él, a pesar de nuestra naturaleza pecaminosa para retroalimentarnos ya no del árbol del conocimiento del bien y del mal, sino del árbol de la Vida: nuestro Señor Jesucristo, mediante Su Espíritu Santo, quien nos alinea en la fe, consolidando nuevas vivencias que nos vinculan con Su amor, Su misericordia, Su justicia. Perspectiva espiritual que nos permitirá hablar, pensar y actuar de manera semejante a Él, reconociendo además que al humanarse a nuestra imagen, nos rescató, redimió, salvó.
El Texto de Textos nos revela en II de Timoteo 3:16, “toda la Escritura es inspirada por el Creador, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre del Creador sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
Oremos para mantenernos a la sombra del altísimo.



