
Mi Kabbala – Kislev 14, 5786 – Jueves 4 de diciembre del 2025
¿Nombres?
El Texto de Textos nos revela en Malaquías 3:16, “entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. 17 Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. 18 Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve al Creador y el que no le sirve”.
El concepto HaShem (השם) nos llama a recibir de Su luz, conectándonos espiritualmente con todo aquello que nos aporte esa esencia divina en la cual podemos fluir, si nuestra intención es articularnos con Él a través de Su palabra, lo que implica el sabernos dignos de alejarnos de la esclavitud de nuestro ego: Egipto, para corregir nuestras vivencias al ser guiados por la voluntad celestial a través del Espíritu Santo, Ser que nos llama por nuestros nombres en pro que redescubramos ese potencial que significa nuestro crecimiento espiritual, algo así como irnos elevando cada vez más hasta ese nivel más alto.
Cada uno de nuestros nombres contienen esa insinuación divina que como llamado nos reorienta hacia Su reino, fuente de su Haz de luz que además está allí en nuestro interior para guiarnos a través de Su amorosa presencia, lo que implica que al atenderle, estamos articulándonos a esas veintidós letras del alfabeto Hebreo (עבר, heber, cruce) que con sus chispas iluminan nuestro lenguaje, llevándonos más allá de esta dimensión terrenal en donde la oscuridad y el vacío predominan.
Como José (יוסף), quien era parte de los doce hijos de Jacob, Israel, llegó a Egipto y allí el mismo faraón le dio como esposa a Asenat, con quien concibió a: Manasés (מְנַשֶּׁה, nashah, olvidar) y a Efraín (אֶפְרָיִם, parah, fértil), debemos entender que el Creador nos hace fructíferos (hifrani) en esta tierra de aflicción, lo que quiere decir que al bautizar a un recién nacido debemos denominarle en pro que busque al Creador y mantenga una reiteración nominal con Él hasta que alcance su plena reconexión en esta Su obra.
Él nos llama constantemente así que démonos a la tarea de acercarnos más y más a esa fuente espiritual, haciéndonos uno con Él (אֶחָד, ejad), y gracias a ello asumamos cada interacción como un propósito de hermandad, sirviendo y amándonos, visión divina que le da a cada una de nuestras palabras esa misión, siendo así útiles a esos Sus propósitos celestiales, hoy confundidos por usar otro tipo de seudónimos o apodos, así como un lenguaje vulgar que nos desvía de nuestros verdaderos senderos, debido al mal uso que le damos a este bello y esencial instrumento de vida.
Aproximarnos (נגש, nagash) a su unidad, implica usar correctamente dicho insumo, acogiéndonos a su influencia, dejándonos guiar por ese fluir y no por propósitos diferentes al de sabernos sus hijos, sabiendo que Él nos llama a través de ese nombre (עבר, heber) lo que implica a la vez un cruce, hacia el otro lado, hacia el suyo, acercándonos a Él gracias a todo lo que nos rodea, sabiendo que nuestro corazón, acciones, palabras, pensamientos, emociones e interacciones nos integran a Él de forma permanente, fruto del buen uso de nuestro lenguaje y de atender sus manifestaciones y revelaciones.
El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 2:17, “el que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré del maná escondido y le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita un nombre nuevo, el cual nadie conoce sino aquel que lo recibe”.
Oremos para que nuestro nombre asimile los llamados de la Creación.



