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Mi Kabbala – Kislev 5, 5786 – Martes 25 de noviembre del 2025

¿Soplo?

El Texto de Textos nos revela en Génesis 1:2, “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu del Creador se movía sobre la faz de las aguas”.

Al hablar aliento, viento o brisa, a los creyentes se nos lleva a la idea de ruah (רוח, rūḥ) soplo o hálito de vida, del Espíritu del Creador que nos alimenta y alienta, dando vida al polvo del cual fue tomado nuestro cuerpo; moléculas que vibran con Su palabra, la misma que ilumina nuestra mente y que, con sus destellos, mueve nuestra voluntad para que cogobierne todas las interconexiones que desde este plano físico reconocemos como realidad, perspectiva que nos llama a buscar ser guiados por ese Su fluir amoroso, en lugar de seguir nuestras búsquedas egoístas que solo nos llevarán a desperdiciar la oportunidad eterna que se nos da a través de cada vivencia.

El que todo esté inserto en esa cúpula de aire, que suponemos exterior, pero que nos llena con el oxígeno de vida, nos llama a nacer de nuevo a cada instante, ya no desde el vientre de nuestra madre (rejem, רחם), sino desde nuestra conciencia, asumiendo cada acto cotidiano como una integración permanente al hálito de vida del Creador, proceso que nos obliga a un despertar continuo, donde forjemos nuestra voluntad y nos hagamos más conscientes de nuestras decisiones, producto de la reorientación que nos entregan sus preceptos y mandatos, los mismos que nos reintegran a Él a través de Su obra.

La expresión Espíritu Santo (Ruaj Hakodesh, רוח הקודש) que significa “soplo bendito”,  nos ratifica que sin Él volveremos al polvo, quedando nuestra alma muerta, sin aliento, siendo este ánimo divino el que debe conducir nuestras coexistencias no desde ese egocentrismo pecador, sino apoyándonos en Su luz, plagada de signos, símbolos, analogías, metáforas, parábolas: conceptos abstractos que nos orientan hacia Él, hálito que mora en nosotros y que le da un sentido a todo incluso para dejar de creer en especulaciones o reflexiones incoherentes sobre nuestra esencia y enfocarnos en lo que nos dicta Su palabra.

Elías (Ēliyahū, אליהו), como profeta, nos recuerda que, si Él está en nosotros, nuestro cuerpo es Su templo y nuestro deber, además de percibirlo en cada inspiración de aire y en todas las decisiones tomadas dentro de Su obra, es el de coexistir armónicamente con el todo, propuesta que nos enseña a evacuar de nuestro ser las impurezas que ya no nos son útiles lo cual explica además, nuestra presencia en este plano terrenal temporal, donde debemos reconocer esa esencia de vida que fluye con todo, complementándose con lo exterior, pero que se forja realmente desde lo interior.

Aquellos que enfocan sus vivencias en las confusiones que nos distraen, al final descubrirán que no superaron sus desafíos y que su voluntad los alejó aún más del Creador. Esto significa morir, ya que nuestra alma existe solo por Él y para Él, y ello implica no recibir conscientemente de Su hálito de vida, por ende que nuestras existencias pierdan su razón de ser siendo dominados por la inmundicia de la dimensión oscura, esa que espera que nos acojamos a Su aura pacífica, digna y gentil, a Su haz de Luz (or, אוֹר), que con cada palpitar nos recuerda que debemos acogernos a esa Su armónica y guía.

El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 22:16, “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”.

Oremos para que el Espíritu Santo guie a cada instante nuestras vidas.

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