
Mi Kabbala – Shevat 3, 5786 – Miércoles 21de enero del 2026
¿Ofrendas?
El Texto de Textos nos revela en Daniel 9:20, “Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Creador por el monte santo de mi Creador; 21 aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde. 22 Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento”.
El concepto de ofrenda (קָרְבָּן, korban) contiene la raíz ק–ר, que indica sacrificio (להקריב, lehakriv) pero a la vez: acercarse (להתקרב, lehitkarev) como una forma de indicarnos a través de esta relación lingüística (קרוב משפחה, Krov Mishpaja) que deberíamos vislumbrar en esos signos la invitación de nuestro Padre Celestial a través de su Palabra para que ofrendemos nuestro amor sacrificándonos por alejarnos del pecado, irradiando Su luz en todo, integrándonos a Él a través de esta Su obra, sabiéndonos Sus hijos: parte de una sola familia, próximos; hermanos entre todos.
Se cree que los reyes magos, gracias a sus ofrendas nos enseñan que el oro de Baltasar indica que Jesucristo es Rey de Reyes, mientras la mirra (מֹר) de Gaspar (מֹר) que el es hijo del Creador, uno con Él y que le debemos rendir culto con el incienso (Ketoret, קטורת), quiza por ello Melchor, dio mirra, en señal de muerte, la misma que nos habla de redención, de la cruz, de cómo Él nos salva de nuestros pecados, siendo necesario que con esa resina de misericordia unjamos nuestro ser como creyentes para ofrecerle a cada instante al Creador lo mejor de nosotros, siendo útiles a esta Su obra.
Hay quienes consideran que estos tres reyes, filósofos y astrólogos provenientes de Arabia, la India y Persia cumplieron con otro propósito: ese que luego de su visita les convertiría en portadores para esas otras creencias de estas buenas nuevas, las cuales siguen manifestándose a todos los reinos del mundo, pero que debido a nuestras confusiones, mitos y ritos nos siguen llevando a pedir incluso pruebas de aquel sacrificio, en vez de dar de lo mejor de nosotros a Él. Simplemente se trata de ofrecer y no de pedir (לְתַשְׁאֵל, letash’el), si de dar, de ofrecer nuestras vidas para alcanzar esa reintegración.
Ofrecimiento que desde el relato de la estrella de la Anunciación (נָגַד, nagád, aviso), nos motiva a ver allí más que el símbolo de la unión de todos los trabajos que realiza el ser humano a lo largo de su vida, a vislumbrar en ese más allá, los cuatro elementos de la Creación y esa quinta esencia que tiene que ver con la perfección de nuestra tarea humana, lo cual nos obliga como dichos reyes a postrarnos ante el neonato, y gracias a esa fe renaciente compartir ese amor y esa nuestra esencia con nuestros próximos y hermanos.
Él como Árbol de la Vida, retroalimenta nuestros días, pero solamente si nosotros estamos dispuestos a ofrecerle todo nuestro oro (bienes), nuestro incienso (esfuerzos y sacrificios) y toda nuestra mirra (dones y deseos), para que al darle lo mejor de nuestras vivencias podamos lograr nuestra pureza espiritual y que ella limpie nuestra voluntad, que es Vida y Acción, para lograr así nuestra elevación, la misma que nos llena de su sabiduría (Chokmâh חָכְמָה) lo que implica una transmutación y liberación de todas esas tendencias inferiores que regularmente nos dominan porque no estamos realmente dispuestos a ofrecer nada.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 2:1, “cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. 3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”.
Oremos para que reine en nuestros seres únicamente Jesucristo.



