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Mi Kabbala – Tevet 20, 5786 – Viernes 9 de enero del 2026

¿Genética?

El Texto de Textos nos revela en Éxodo 4:22, “entonces dirás a Faraón: Así dice el Creador: Israel es mi hijo, mi primogénito”.

Como sus hijos, somos parte de Su familia (משפחה, mishpajá) de Su iglesia, de una misma genealogía que como línea de vida inicia con Adán y Eva, de quienes derivan todos esos nuestros ancestros directos, de los cuales reconocemos a muy pocos, debido a que nuestro árbol genealógico a duras penas recuerda: padres, abuelos y hasta bisabuelos, pero de allí en adelante: tararabuelos, choznos, pentabuelos, hexabuelos, heptabuelos, octabuelos, nonabuelos y decabuelos, poco o nada sabemos de ellos, siendo ese núcleo genealógico divino del que heredamos nuestra realidad filial espiritual.

La cronología Bíblica nos denota que después del diluvio, los hijos de Noé: ancestros nuestros, iniciaron un nuevo ciclo para nuestra especie humana, perspectiva, que nos lleva a entender que hacemos parte integral de todos los aciertos y desaciertos de esos antepasados, por lo cual, deberíamos empezar a dejarle a las nuevas generaciones otra hoja de ruta, con lo mejor de nosotros o de lo contrario, las próximas diez generaciones directas nuestras, probablemente seguirán prolongando y magnificando ese distanciamiento con Él, en vez de retornar a esa casa (בַּיִת, bait) celestial.

Morada, que como legado implica el superar todo ese conjunto de situaciones, circunstancias, cosas, ideas, costumbres, creencias y tradiciones que se perpetúan desde el pecado de Adán, siendo nuestra mayor tarea la de arrepentirnos, lo que implica denotarles a nuestras crías que existe un ámbito espiritual que estamos obviando y el cual se debe desarrollar como prioridad, en vez de seguir enfatizando nuestras vivencias en propósitos materiales mercantiles que solo nos distraen de esa búsqueda interior, que como énfasis no hemos querido convertir en nuestra verdadera herencia (linjol, לִנְחֹל).

El libro de la vida inscrito en nuestro ADN contiene ese árbol genealógico y legado informativo que debe servirnos para entender que esa historia genética que nos conforma con sus pro y sus contra, debe nutrirse de la raíz al Árbol de la Vida: nuestro Señor Jesucristo, quien es el modelo, objetivo y guía a seguir, para retornar a ese lugar de donde nos separamos originalmente y para lo cual necesitamos no solo dejar de retroalimentarnos del conocimiento sino a través de nuestra fe, relacionarnos con su Espíritu (Ruaj,רוח).

Efraín (אֶפְרָיִם, Ephráyim, “fructífero”); nos reitera que nuestras luchas, guerras, hambres y dificultades históricas no son más que llamados de atención para reconocernos como familia, por lo que hay que hacer un viraje y fluir a través del amor, vinculo que como estímulo se irradia en todos nuestros entornos y moléculas y que como insumo vivencial nos permite el replantear esos senderos en donde podemos reencontrarnos con Su luz, la cual es la que ilumina nuestro entendimiento, para que este corto proceso terrenal nos sirva de proceso de elevación hacia el cielo como verdaderos hijos del Creador.

El Texto de Textos nos revela en Filipenses 2:5, “haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma del Creador, no estimó el ser igual al Creador como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Oremos por nuestros ancestros siendo gratos para con todos sus esfuerzos.

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