
Mi Kabbala – Tishrei 29, 5786 – Martes 21 de octubre del 2025.
¿Ríos?
El Texto de Textos nos revela en Isaías 49;15, “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!”
El concepto de amor nos habla de un vínculo, de otorgar a los otros lo mejor de nosotros como una forma de integrarnos voluntariamente al Creador, fluir que debe irradiarse en nuestras interrelaciones para que los efectos del pecado disminuyan, egoísmo que nos llama a ser uno, obviando que la búsqueda es unidad, perspectiva que nos proyecta el ideal de consolidar un pacto (אהבה, ahavá), no solo con Él, con nosotros y esos otros próximos para poder vivir en armonía con la vida, vislumbrando nuestra esencia, la misma que fluye en todo lo Creador recordándonos nuestro estadio original.
Desde esa lectura, el agua (mayim, מים) nos ejemplariza como líquido vital esa necesidad de sumarnos, de ser como el mar, un manantial y los ríos, no es gratuito que este insumo constituya buena parte de nuestro planeta como elemento indispensable y que su ausencia nos angustie y llene de caos y conflictos, de inmundicias, siendo está a la vez una representación de Su amor, ese que fluye conforme a Su voluntad, siendo necesario vincular la nuestra a Él, dando lo mejor de nosotros, para que todas nuestras interacciones coexistan armónicamente y nos purifiquen continuamente de nuestras impurezas egoístas.
Su corona (Kéter, כתר), primera sefirá del Árbol de la Vida, desde su posición central superior, nos demuestra que ese amor se irradia, energía que a través de sus manifestaciones llena todas las dimensiones en las que coexistimos, lo que a la vez nos reitera que como el agua debemos canalizar esta para ser luz en pro que sea ella quien guíe nuestra voluntad, la misma que debe expandir ese amor, que como principio vital de todas las formas de energía da a nuestra vida un sentido y nos relaciona con todo, en el esfuerzo por integrarnos a Él a través de Su obra.
Sofonías (צפניה, Tsefanyá: “El Creador protege”), nos reitera que son nuestros actos contradictorios y el incorrecto manejo de nuestra libertad los que nos conducen a una desobediencia egocéntrica, que impide que fluyamos armónicamente con Su obra, por ende, es necesario que nuestra esencia se purifique con sus ríos de agua viva y podamos ser útiles a esta creación, asumiendo conscientemente sus preceptos divinos en la búsqueda de trascender lo terrenal y temporal para reencontrarnos con Él en esa nuestra morada celestial de la cual salimos en busca de aprender a coordinar ese don que nos hace a Su imagen y semejanza.
Su amorosa palabra activa los senderos de las Sefirot para que ese pacto (תַּנַךְ, Tanaj), cual llamado a amar la vida, a nuestros prójimos y al Creador sobre todas las cosas, logre que nuestros pensamientos, palabras y obras, logren minimizar ese pecado producto de Su contracción y que hace que vivamos desorientados, de allí la importancia de la guía del Espíritu Santo; de lo contrario, Él no puede revelársenos abriendo nuestros sentidos, debido a los límites de nuestro confuso lenguaje finito, incapaz de desentrañar lo infinito e ilimitado de Él, por ello es indispensable que Su luz ilumine nuestro entendimiento para que con sus atributos y Palabra, transforme nuestras realidades humanas, en formas y lógicas distintas a las que históricamente nos hemos planteado.
El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 16.14, “Hagan todo con amor”.
Oremos para que sea el amor el que fluya y limpie nuestras interrelaciones.



