
Mi Parashà – Génesis 10:1
El término “generaciones” (תּוֹלְדוֹת, toledot), o “descendencias”, con un valor gemátrico de 840 (ת=400, ו=6, ל=30, ד=4, ו=6, ת=400), no solo nos habla de multiplicidad o continuidad, sino que sugiere que la expansión de la humanidad, así como la transmisión de esa herencia, tiene una perspectiva espiritual.
La teogénetica que se reinicia con los tres hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet) proviene de Adán; sin embargo, es esta triada, después del diluvio, la que representará una rama diferente de la humanidad, no solo en cuanto a los diferentes aspectos que nos caracterizan como seres humanos, sino también en relación con el mismo Creador.
Sem representa ese aspecto espiritual que debe predominar sobre lo intelectual, mientras que Cam simboliza el aspecto emocional o pasional que a menudo nos domina, y Jafet nos ofrece la idea del aspecto físico o estético, que parece ser en el que más enfatizamos en nuestras relaciones. Esta diversidad, sin embargo, nos llama a buscar la armonía a través de la complementariedad, ya que cada uno de estos aspectos contribuye de manera única al mundo.
El verbo “וַיִּוָּלְדוּ” (vayyivaldu), que significa “nacieron”, indica un nuevo comienzo y la regeneración de la humanidad después del diluvio. La raíz de la palabra, “ילד” (yalad), nos lleva al concepto de nacimiento y creación, subrayando la idea de que la vida continúa y se renueva incluso después de una catástrofe global.
Al entender este versículo como la “Tabla de las Naciones”, debemos asumir que nuestras genealogías, a partir de los hijos de Noé, fruto de esa expansión a través de la cual poblaron la tierra después del diluvio, se enmarcan en los aspectos más relevantes de estos tres individuos y cómo se diseminaron a través de las naciones en el mundo.
Por lo tanto, nuestras raíces tienen una profunda importancia, resultado de la continuidad de esa transmisión genética que conlleva tanto valores como conocimientos, condicionando los comportamientos de las futuras generaciones. Nuestras familias y comunidades contienen esa parte esencial de nuestra identidad, con la que estamos conectados a través de nuestra sangre.
Se trata entonces de valorar los aportes de nuestras relaciones familiares para, desde lo individual, esforzarnos por transmitir a nuestros hijos y descendientes no solo nuestras tradiciones, sino también los valores espirituales y éticos que hemos heredado. Somos parte de una historia mayor que se extiende más allá de nuestra propia vida, y nuestras acciones tienen un impacto duradero en las generaciones futuras.



