
Mi Parashá – Génesis 1:25
Cada palabra y letra del alfabeto hebreo tiene un significado que, al complementarse con su valor numérico, nos revela significados más profundos. Es por ello que cada vez que pronunciamos alguna expresión desde nuestras bocas, estamos reproduciendo esas vibraciones divinas, siendo necesario que, desde esa lógica, cuidemos muy bien nuestro lenguaje por los efectos del mismo. Teniendo en cuenta que “אֱלֹהִים” (Elohim), por su valor gemátrico de 86, nos habla de juicio y severidad, esto quiere decir que ese poder creativo de Su Palabra, que da forma al mundo, nos llama a cuidarnos de la nuestra.
Nuestras palabras no deben maldecir, ya que nuestra boca fue hecha para bien decir. Somos sus hijos, las únicas criaturas con habla en este mundo. Por lo tanto, si todo es bueno, “כִּי־טוֹב” (ki tov), estamos llamados a usar nuestro lenguaje para construir y no para destruir, entendiendo que la bondad divina es la que permea toda la creación. El número 25, palabra “חָנָה” (Janá), que significa gracia, nos está reiterando que todo nos fue dado, que se nos otorgó todo gratis, por Su voluntad y deseo. Por ende, Su gracia está imbuida en todo, siendo obligatorio agradecer.
Agradecer, como seres vivos, nos recuerda que cada especie refleja la diversidad y el orden divino en el universo, ya que cada criatura tiene su lugar y propósito en el esquema mayor de la creación. Esta interconexión nos llama a la armonía, la misma que subyace en todo lo creado, animándonos a vivir en equilibrio con todo lo creado.
Cada elemento de la creación tiene una chispa divina y forma parte del plan. Como seres humanos, nuestro rol es sabernos parte de esa chispa que enciende nuestro entendimiento a través de la vibración de nuestras palabras, transformándose en pensamientos que proyectamos como imágenes reales. Sabiéndonos dignos custodios de la creación, debemos replicar Su palabra, Su luz, Sus chispas, Su voluntad.
Nuestro rol en el mundo tiene que ver con aportar en vez de apartarnos, con alinearnos con la bondad y la armonía divina. Para ello, debemos usar nuestro lenguaje de tal forma que nos recreemos en Su palabra en vez de maldecir con ella, logrando así pasar del nivel Néfesh (נֶפֶשׁ), básico, asociado solo a las funciones biológicas y necesidades físicas, nuestra vida instintiva con sus deseos carnales, al nivel Rúaj (רוּחַ), en donde ya no somos dominados por emociones y vamos fortaleciendo nuestro carácter moral al discernir entre el bien y el mal, mejorando nuestra comunicación con nosotros mismos, con los demás y con el Creador.
Se trata de elevarnos a través de nuestros actos de bondad y justicia, buscando ese nivel Neshamá (נְשָׁמָה), en donde nuestro intelecto se articula con la conciencia superior, conectándonos con el Creador a través de la oración, la cual nos vincula con nuestros prójimos al comprenderles desde esa misericordia divina que nos lleva a aceptar las cosas que debemos aceptar y a cambiar aquellas en las que Él nos guía para alcanzar nuestra transformación.



