
Mi Parashá – Génesis 12:8
El traslado de Abram a la región montañosa entre Betel y Hai no es solo un movimiento físico, sino un símbolo de su continuo crecimiento espiritual. No debemos perder de vista que el hecho de que Abram edifique un altar en Betel, que significa “Casa de Dios”, representa su deseo de estar en constante comunicación y conexión con lo divino.
Como nos recuerda cada versículo, el acto de invocar el nombre del Creador (Vayikra beshem Adonai) es una acción profunda que va más allá de simplemente pronunciar un nombre; implica invocar la esencia de nuestro Padre Celestial para atraer esa energía a la realidad de nuestro mundo, reafirmando nuestro compromiso con Él y su misión, y buscando estar en sintonía con el propósito divino para él y su descendencia.
El concepto “se trasladó”, וַיַּעְתֵּק (Vaya’atek), con un valor gemátrico de 580 (ו = 6, י = 10, ע = 70, ת = 400, ק = 100), nos invita a ese cambio espiritual que se da gracias a nuestro viaje terrenal, en donde logramos que el proceso de crecimiento interior se convierta en un acercamiento al Creador y sus propósitos. El número 580 se puede descomponer en 5 (representando los cinco niveles del alma) y 80, que simboliza la capacidad de llevar a cabo el cambio y la transformación.
Por su parte, Betel, בֵּית-אֵל (Beit-El), con un valor gemátrico de 443 (ב = 2, י = 10, ת = 400, א = 1, ל = 30), que se lee como “Casa de Dios”, simboliza el lugar donde la presencia divina es claramente percibida. Por eso, Abram edifica un altar para invocar Su nombre, lo que representa un punto de contacto entre lo humano y lo divino.
El altar, מִזְבֵּחַ (Mizbeach), con un valor gemátrico de 57 (מ = 40, ז = 7, ב = 2, ח = 8), es un lugar de conexión espiritual que simboliza la búsqueda de armonía entre lo terrenal y lo espiritual. A través de nuestra intención de establecer un vínculo más fuerte y consciente, al invocar Su nombre, וַיִּקְרָא בְּשֵׁם יְהוָה (Vayikra beshem Adonai), con un valor gemátrico de 537 (ו = 6, י = 10, ק = 100, ר = 200, א = 1, ב = 2, ש = 300, ם = 40), reconocemos Su poder y establecemos una relación directa con Él.
Este es un acto de dedicación y alineamiento con el propósito divino, que refleja un crecimiento espiritual al alinearnos con la conciencia divina, fruto de una relación más profunda con el Creador. El altar es un lugar de sacrificio y dedicación, que nos habla más que de ofrendas físicas, de fe y compromiso con la misión que se nos ha encomendado.
Todos nuestros movimientos conllevan la posibilidad de una construcción espiritual, posibilitando nuestro traslado a lugares más elevados. Como espacios sagrados, nos permiten conectarnos con lo divino más fácilmente. Esta comunicación, llevada a la reflexión que nos ofrecen nuestras oraciones, nos guía para visionar la armonía que debe existir entre el mundo material y nuestra conexión con lo divino.



