
Mi Parashá – Génesis 13:17
Continuando con la promesa a Abram, el mandato de “Levántate” (ק֛וּם, kum) indica una acción espiritual para que él tome posesión, no solo físicamente, sino también espiritualmente, de la tierra prometida. El verbo “recorrer”, הִתְהַלֵּ֥ךְ (hithalekh), o “caminar”, cuyo valor gemátrico es 463, también implica una forma de ascensión espiritual. Caminar por la tierra debe entenderse como una metáfora de la exploración y expansión del alma, un proceso de conexión profunda con las dimensiones físicas y espirituales del mundo.
Recorrer “a lo largo y a lo ancho” (לְאָרְכָּ֣הּ וּלְרָחְבָּ֑הּ) refleja no solo el dominio territorial, sino también la capacidad de abarcar todos los aspectos de la vida: lo material y lo espiritual, y entender la totalidad de la creación. El valor gemátrico de בָּאָ֖רֶץ (ba’aretz), “en la tierra”, de 297, sumado al de לְאָרְכָּ֣הּ (le’orkah), “a lo largo”, de 357, sugiere una exploración o expansión no solo en el plano físico, sino también en el espiritual. Esto resuena con la idea de que Abram no solo está recorriendo la tierra física, sino que está tomando posesión espiritual de las bendiciones que se le han prometido.
La gematría de “en la tierra” y “a lo largo” refuerza esta idea de dominio espiritual y físico, sugiriendo que la tierra y su recorrido son símbolos de la plenitud y la totalidad de la promesa. Por tanto, cuando se nos llama a “recorrer” tanto los aspectos espirituales como los materiales de nuestras vidas, se nos está pidiendo, al mismo tiempo, que tomemos posesión de la tierra prometida al explorarla espiritualmente, expandiendo nuestra conexión acorde con esa promesa divina.
El llamado a Abram es a recorrer toda la tierra, a lo largo y a lo ancho, lo que simboliza la totalidad y la plenitud de la bendición. Esta invitación es ideal para no quedarnos quietos, sino movernos, explorar nuestras capacidades y tomar posesión de las bendiciones que Él nos ha dado a través de nuestros dones, los mismos que ha puesto a nuestro alcance.
“Recorrer la tierra” puede ser visto como una metáfora de nuestra búsqueda espiritual y nuestro crecimiento personal, abarcando todas las dimensiones de nuestra existencia. Debemos movernos y explorar tanto nuestras vidas materiales como espirituales, tomando posesión de las bendiciones y oportunidades que se nos han otorgado.
Los seres humanos podemos elegir entre espiritualidad y materialismo, así es como Abraham representa al tzadik (justo) que elige vivir en alineación con la voluntad divina siendo Canaán es un símbolo del mundo rectificado (tikún), una tierra que tiene potencial espiritual. Mientras que Lot, aunque justo en ciertos aspectos, elige acercarse a Sodoma, un lugar de corrupción y materialismo. Esto representa la inclinación humana a buscar lo placentero y lo inmediato, aunque eso lo aleje de la luz espiritual.
En la Kabalá, Sodoma simboliza una clipá, es decir, una capa de oscuridad que encubre la luz divina. Vivir cerca de ella significa exponerse a fuerzas negativas y destructivas del ego, el deseo por sí mismo, y el alejamiento de la shejiná (presencia divina).
Lot se salvó sólo por mérito de Abraham, lo que muestra que la rectitud propia no era suficiente para resistir la corrupción sin guía espiritual.
Canaán es vista como una tierra llena de potencial para la santidad. Al ser entregada a Abraham y a su descendencia, representa la recepción del alma del pueblo de Israel, cuyo propósito es revelar luz divina en el mundo.
En términos cabalísticos, Canaán representa el espacio donde se puede elevar la materia hacia el espíritu.
סְדוֹם (Sodoma) = 110, número que en la guematria puede asociarse con desequilibrio o algo incompleto. También aparece en el contexto de la muerte de Yosef (José) (vivió 110 años), lo que sugiere un cierre o una transición. Sodoma como 110 implica corrupción total, la necesidad de destrucción para una nueva creación.
כנען (Canaán) = 210. Este valor también es significativo: es el número de años que los israelitas estuvieron en Egipto, simbolizando el exilio y la purificación. Pero Canaán, como tierra de promesa, también implica el destino final después del exilio: el lugar de redención.
אברהם (Abraham) = 248, número que está conectado con los 248 miembros del cuerpo humano según la tradición rabínica, y con los 248 preceptos positivos de la Torá. Abraham representa el cumplimiento activo de la voluntad divina.
לוֹט (Lot) = 45. Curiosamente, el número 45 es también el valor de אָדָם (Adam) — símbolo del ser humano ideal. Pero en el caso de Lot, representa un Adam que aún no ha alcanzado su tikún (rectificación), por eso cae en la oscuridad de Sodoma.
La historia de Abraham y Lot es una alegoría de la elección entre dos caminos del alma:
Abraham, que sigue el camino del tikún, la conexión con lo divino y el propósito superior.
Lot, que se acerca a la oscuridad, pero que aún puede ser rescatado por el mérito de los tzadikim.
En la Kabalá, todo esto apunta al proceso de refinamiento del alma, y cómo nuestras elecciones determinan si nos acercamos a la luz (or) o quedamos atrapados en las clipot (cáscaras de oscuridad).
Desde una lectura rápida y a primera vista, este versículo parece una promesa de posesión material. Pero si la ojeamos superficialmente, caemos en el peligro de suponer que sus bendiciones son materiales y estas solo inflan el ego, el cual se apega, se apropia.
Entonces, ¿cómo entenderlo en su contexto espiritual más profundo?
Propiedad ≠ Posesión egocéntrica
En la Cábala, nada es nuestro en esencia, ni el cuerpo, ni el alma, ni la tierra. Todo es préstamo divino. Somos “shomerim” — guardianes, no dueños.
El Zóhar (Lej Lejá) enseña que Abraham no recibe la tierra como un terrateniente, sino como un canal de Tikún: para elevar la tierra a su estado espiritual original.
Por tanto:
La tierra prometida no es solo geografía: es espacio espiritual para manifestar la voluntad divina.
Es herencia como responsabilidad, no como propiedad para disfrutar egoístamente.
“Eretz” como símbolo del alma y del deseo
En hebreo, “tierra” es אֶרֶץ (Eretz). Los sabios del Zóhar notan su raíz con “ratzón” (רָצוֹן) – voluntad, deseo.
Así, la promesa de la tierra es una promesa de transformación del deseo:
No tener para acaparar, sino tener para servir.
Abraham representa el Tikún del deseo: su misión es transformar el deseo de recibir para sí mismo, en un deseo de recibir para dar.
Por eso recibe una tierra: no como meta, sino como herramienta.
La tierra como reflejo del mundo espiritual
Según el Zóhar, la Tierra de Israel representa en este mundo el paralelo espiritual del “Maljut” — el Reino, la última de las sefirot.
Cuando se dice “esta tierra será tuya”, no es solo topografía.
→ Es un llamado a conquistar el ego, refinar el cuerpo, y dominar el reino inferior para alinear lo material con lo divino.
¿Por qué Dios entrega tierra sabiendo el riesgo del apego?
Justamente porque el reto del ego es el campo del Tikún.
Dios no premia a Abraham con tierra como si fuera un contrato de propiedad. Le entrega una misión en la materia:
“Ve a la tierra que te mostraré…” (Génesis 12:1)
No se la da de inmediato. No se la apropia.
Primero la camina, la conoce, la sirve. Luego, se le da para santificarla.
En la Halajá y el Talmud: Un mayordomo tiene derecho de uso con obligación de cuidar.
No es dueño, pero tiene autoridad delegada para manifestar la voluntad del dueño verdadero.
Conclusión espiritual
| Elemento | Significado profundo |
| Tierra prometida | Espacio físico que refleja un compromiso espiritual. |
| Promesa divina | No es un premio, sino una misión sagrada. |
| Mayordomía | Ser canal, no dueño. Ser sirviente de la luz, no del ego. |
| Desapego | La tierra es sagrada cuando no te aferras a ella como tuya. |
| Abraham | Modelo del alma que recibe para dar: eleva lo material al plano divino. |
Aplicación para nosotros hoy
Tener no es malo. Pero lo importante es para qué tienes lo que tienes.
El verdadero problema no es la tierra, sino el apego ególatra a ella.
Si entiendes que todo lo que “posees” es para cumplir una función divina, entonces no te posee a ti.
La tierra, el cuerpo, el tiempo, el dinero, incluso el conocimiento… todo puede ser sagrado o profano según cómo lo usas.



