
Mi Parashá – Génesis 2:9
El concepto Vayyatzmach Adonai Elohim (וַיַּצְמַח יְהוָה אֱלֹהִים): “Y el Señor Dios hizo brotar”, gracias a la expresión “vayyatzmach” (וַיַּצְמַח), “hizo brotar” o “crecer”, denota esa capacidad divina de dar vida y permitir que las cosas florezcan, lo cual nos indica que incluso nuestras ideas deben brotar de Él, crecer para convertirse en virtudes, en conocimiento del mundo que debe transformarse en nuestro reconocimiento como sus hijos.
Él creó el árbol y sembró en él esas potencialidades, las mismas que desde nuestra naturaleza espiritual nos llaman a dejar que su bondad brote en nosotros. Kol-etz nechmad lemareh vetov lema’achal (כָּל־עֵץ נֶחְמָד לְמַרְאֶה וְטוֹב לְמַאֲכָל): “Todo árbol agradable a la vista y bueno para comer”, es una expresión que nos sugiere que la creación divina es tanto estéticamente placentera como funcionalmente útil, siendo estos dos contextos, belleza y utilidad, aspectos de nuestra esencia que debemos equilibrar.
Tengamos en cuenta que los árboles agradables a la vista simbolizan el aspecto estético, pero a la vez espiritual, de la vida, mientras que los árboles buenos para comer simbolizan ese aspecto práctico y material. Por lo tanto, en vez de seguir comiendo del árbol del conocimiento, debemos nutrirnos del Ve’etz hachayim betoch hagan (וְעֵץ הַחַיִּים בְּתוֹךְ הַגָּן): “Y el árbol de la vida en medio del huerto”, el cual, como nuestro Señor Jesucristo: “Árbol de la Vida” (etz hachayim), es el símbolo central de nuestro proceso terrenal, ya que nos indica la conexión directa con lo divino y la fuente de toda vida espiritual.
El Árbol de la Vida, que a la vez nos debe servir de mapa y guía a través de la fe, describe las sefirot en sus emanaciones. Se encuentra “en medio del huerto” como el centro de toda la creación, siendo nuestro eje alrededor del cual gira todo lo demás. Por su parte, el árbol del conocimiento del bien y del mal, Ve’etz hada’at tov vara (וְעֵץ הַדַּעַת טוֹב וָרָע), representa, además de esa dualidad, nuestra capacidad de discernir entre el bien y el mal, una elección que nos genera el riesgo de caer en la confusión moral, una fragmentación que hace que nuestra percepción del mundo tenga solo esas categorías, obviando en todo la unidad divina.
El concepto de “etz” (עֵץ), que también se puede entender como “árbol”, por su valor gemátrico de 160, nos dice que en ese signo debemos vislumbrar la unidad y totalidad que significa nuestro Padre celestial para todo el universo; por ello, todos los árboles en el huerto, y por extensión todo lo creado, está conectado de una manera intrínseca y sagrada.
La palabra “Chayim” (חַיִּים), que significa “vida”, por su valor gemátrico de 68, se asocia al concepto de vitalidad y existencia continua, ya que la vida no es solo la existencia biológica, sino la conexión activa y consciente con la fuente divina. Por ende, la vida, la dualidad, la belleza y el propósito forman parte del acto creador del cual todo brota, siendo el fruto de los árboles más que alimento o algo estéticamente agradable, sino la posibilidad de incentivar nuestro potencial divino al nutrirnos de Él.
La tarea de buscar enraizarnos en la vida espiritual y el conocimiento divino como fundamento de nuestras existencias implica equilibrar esa dualidad que está plagada de distracciones de un mundo material, en el que debemos buscar siempre esa conexión con la fuente divina, manteniendo nuestro enfoque en el “Árbol de la Vida”, nuestro Señor Jesucristo, quien nos guía hacia nuestro “jardín” interior.



