
Mi Parashá – Génesis 3:15
Entender las consecuencias del pecado, de ceder a nuestras tentaciones, de dejarnos engañar, no solo implica asumir que los efectos de esas acciones generan una enemistad que, en el caso de la serpiente, puede ser un castigo eterno. Por lo tanto, aferrarnos al mal nos lleva a enfrentar consecuencias que ni siquiera podemos imaginar. Así que, al igual que Eva, estamos llamados a asumir nuestra responsabilidad transformadora.
Quizá por ello algunos creyentes consideran que, como descendientes de ella, se presentan visiones proféticas, especialmente aquellas que aluden a entender que es el Mesías quien nos lleva a vencer el mal. Esa enemistad con la serpiente no solo representa un conflicto externo entre el bien y el mal, sino también un conflicto interno que existe en cada ser humano.
La serpiente simboliza las fuerzas del ego, del deseo y de la tentación que nos alejan de nuestra conexión con lo divino. La “descendencia” de la mujer, por otro lado, simboliza las fuerzas espirituales y redentoras que luchan por restaurar esa conexión, siendo el Mesías el fruto de su vientre, quien aporta esa luz. Es por ello que el concepto de אֵיבָה (Eivá), “enemistad”, con un valor gemátrico de 12, nos sugiere las 12 tribus de Israel, simbolizando la totalidad del pueblo que enfrentará y debe superar la influencia del mal.
Este número también puede verse como un recordatorio de la necesidad de unidad y cohesión en la lucha contra las fuerzas negativas, de dejar de ser doce pueblos en competencia, como los hermanos de José, para visionarnos como una descendencia זַרְעֲךָ (Zar’aja) y זַרְעָהּ (Zar’á), “su descendencia”. Estas expresiones tienen su raíz en zera (semilla), cuyo valor es 277, denotando el potencial latente en nosotros, que dependiendo de cómo se cultive, puede dar fruto tanto para el bien como para el mal.
Nuestra lucha continua entre el impulso al bien (yetzer hatov) y el impulso al mal (yetzer hara) dentro de nosotros implica que nuestra “cabeza” y nuestro “talón”, como símbolos, nos denotan esas áreas donde estos impulsos pueden manifestarse, ya que la cabeza representa el pensamiento y la intención, mientras que el talón, siendo la parte más baja del cuerpo, representa las acciones impulsivas y no reflexionadas.
La herida en la cabeza simboliza un golpe mortal al mal, mientras que la herida en el talón sugiere que el mal puede dañar, pero no destruir por completo. Esto refleja la idea de que, aunque el mal puede tener un impacto, la fuerza redentora que emana del bien es mucho más poderosa y, en última instancia, prevalecerá.
Al reflexionar sobre nuestras propias luchas internas entre nuestras inclinaciones hacia el bien y el mal, debemos saber que, al enfrentar tentaciones y desafíos, podemos superarlos, ya que tenemos la capacidad y el potencial de elevarnos por encima de ellos y, gracias a las pruebas, alinearnos con nuestro propósito divino.



