
Mi Parashà – Génesis 4:2
La relectura del Texto de Textos debe permitirnos contextualizar, desde esa eternidad, sus enseñanzas, comprendiendo que nuestras traducciones e interpretaciones sesgadas necesitan de la guía y luz de Su Santo Espíritu para no manipular estos mensajes a nuestro acomodo, como ha sido lo tradicional desde que caímos por nuestra desobediencia en este plano terrenal.
Después del nacimiento de Caín, el primogénito, llegó Abel, quien para algunos creyentes representaría a los pródigos, un proceso que fue interrumpido por el mismo Caín, al igual que Esaú. Esto nos destaca, desde aquel momento, las diferencias profundas que se presentan más allá de nuestra propia genética y que tienen que ver con las decisiones que tomamos respecto a los propósitos que deberíamos cumplir en este mundo.
Caín y Abel nos proyectan al menos dos caminos o enfoques en nuestras vivencias mundanas. Abel, quien asumió el rol de pastor, se mantuvo pendiente de las ovejas del rebaño, lo que implica una conexión más cercana con lo espiritual, ya que esa responsabilidad demanda un enfoque más contemplativo y coherente con nuestra naturaleza.
Por su parte, Caín asumió el rol de labrador, tarea que simboliza más la conexión con la tierra y lo material, representando un enfoque más práctico y físico. Esta perspectiva, que aún mantenemos en nuestros proyectos comerciales y mercantiles del día a día, nos convierte en personas egocéntricas, competitivas, que se ocupan de su bienestar particular, queriendo apoderarse de lo que solo debían cuidar.
El tema, que parece superficial, es en realidad profundo. Existe una diferencia significativa entre Abel y Caín, la cual tiene que ver con ese conflicto interno que sigue en nuestros genes y que nos lleva a colocar nuestras expectativas materiales, representadas por Caín, por encima de nuestras aspiraciones espirituales, representadas por Abel. Este conflicto es central en la vida humana y resulta trascendental si queremos asumir coherentemente nuestro proceso de crecimiento espiritual.
La gematría, al analizar el valor numérico de los nombres “הבל” (Hevel – Abel) valor 37 y “קין” (Qayin – Caín) valor 160, nos indica que mientras el primero se asocia con la espiritualidad, comprendiendo la naturaleza efímera del mundo terrenal por su futilidad, el carácter de Caín asume el apego al ego y a lo ilusorio como su destino, al punto de cometer un asesinato.
Aunque está claro para los creyentes la necesidad de promover un equilibrio entre nuestras necesidades espirituales y materiales, es crucial alcanzar una armonía entre ambos aspectos en nuestras vidas. Debemos aprender a integrar lo material sin perder de vista lo espiritual, tomando decisiones que influyan en la comprensión de los desafíos que se nos presentan, fortaleciendo nuestra conciencia hacia la conexión con nuestra esencia espiritual.



