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Mi Parashá – Génesis 6:13

Cada porción diaria de la relectura de los versículos bíblicos nos permite ir iluminando nuestro entendimiento con sus chispas de luz, para que esas mismas palabras que en un momento interpretábamos de una forma nos permitan encontrarnos con otras traducciones en las que el Espíritu Santo sea el canal más idóneo para las nuevas enseñanzas.

Cada signo lingüístico, desde los tiempos antiguos, nos presenta en su grafía unos mensajes, señales que, en el caso divino, siempre tienen un elemento común: denotarnos que somos sus hijos y que espera que lo conozcamos y nos reconozcamos. Así que, aunque podamos encontrar nuevos significantes en estos símbolos, los creyentes debemos percibir en todos ellos una sola imagen: la de un Padre amoroso que nos guía a través de nuestra ceguera espiritual terrenal.

Con todo y ello, al desconocerlo e intentar utilizar nuestros dones y privilegios terrenales a nuestro egoísta favor, generamos un desequilibrio, al que nosotros mismos denominamos maldad, debido a que priorizamos y profundizamos esa fuerza que, siendo parte de la Creación, por nuestro libre albedrío podemos ejercer con mayor manifestación sobre ella.

Sin embargo, esa falta de armonía y desequilibrio nos perjudica inicial y directamente a nosotros, aunque algunos supongan que no. Nunca perdamos de vista que todo en el universo emana del Ein Sof, el Infinito, lo que significa que ese proceso de emanación y creación del mundo material, que permite dichos desequilibrios, se da frente al ocultamiento de la luz divina, que permitió un espacio contraído para poder crearnos y que existiéramos, lo que lógicamente posibilita una percepción mayor de lo que es el mal.

El “Tzimtzum”, o acto por el cual el Creador contrajo Su luz infinita, es entonces ese espacio donde podíamos empezar a existir. Este ocultamiento, siendo necesario, no implica que seamos independientes, sino interdependientes, pero con la opción de decidir dentro de ese espacio de ocultamiento que permite el desequilibrio en donde el mal se reconoce como fruto de que la luz divina no está completamente revelada.

El concepto de “Shevirat ha-Kelim”, o la ruptura de las vasijas, nos puede ejemplificar mejor una verdad que, con nuestras palabras finitas y limitadas, nos suena a ficción, así muchos de nuestros ritos y especulaciones los visionemos como verdades. Sin embargo, esas vasijas, que se pueden entender como una analogía, también como si fuese la mente del Creador, aunque contienen la luz divina producida por su Palabra, se rompieron, se fragmentaron, lo que hace que se dispersara esa intensidad de su Luz.

Fragmentos de luz que, entendidos como chispas de energía, nos denotan que somos parte de esa luz divina fragmentada, la cual permite nuestra realidad terrenal en la que el mal y el bien se pueden percibir de forma independiente. Es parte del propósito del ser humano participar en el proceso de “Tikkun Olam” (rectificación del mundo), lo cual implica la recolección de estas chispas divinas como humanidad, trayendo más almas al mundo para la restauración del equilibrio y la armonía. Como iglesia, esto nos llama a tener acciones justas, al estudio de la Biblia, a la oración, a la adhesión a los mandamientos divinos, pero sobre todo a una Fe en esa redención que Él significa.

Así que no es que el mal prevalezca, como quizá se podría leer en algunos versículos, sino que este puede tener mayor influencia en el mundo, dependiendo siempre de nuestras decisiones. Es necesario entender que, si no actuamos conforme a las leyes y el orden, el mismo mundo buscará el equilibrio, ya que siempre prevalece la luz, lo que quiere decir que no es que las fuerzas del mal sean dominantes.

Es un proceso de prueba y desafío para los humanos que debemos aprender de nuestro libre albedrío, como don, lo que significa que lo que reconocemos como mal o ausencia del Creador en nuestras voluntades es, en el fondo, una oportunidad de aprender del bien y elegirlo como un proceso que nos permite participar en la rectificación del mundo oscurecido para crearnos.

Esto significa, igualmente, que el mal no es un fin en sí mismo, sino una herramienta que, cuando es superada, permite un mayor acercamiento al Creador, quien, conociéndonos, se hizo humano para denotarnos su gracia y el camino, ya que es consciente de que no tenemos la capacidad de actuar equilibradamente sin su ayuda. Así que es gracias a Él que la lucha contra el mal, tanto en el mundo exterior como en el interior de cada persona, se revela y se libera para accionar esa luz divina, que en nuestra vasija mental nos debe incitar hacia la redención final.

Incluso en su Plan es claro que actuaremos incitándonos al mal, al punto de que existen seres celestiales que nos apoyan en esas pruebas y desafíos que visionamos como tentaciones, ya que, al enfrentarnos a la oscuridad, podemos conocerle, reconocernos y elegir la luz, elevando nuestra propia espiritualidad y contribuyendo con el propósito último de la creación.

La clave está en no desesperar ante la presencia del mal, sino en verlo como una oportunidad para acercarnos más al Creador y para hacer del mundo un lugar mejor a través de nuestras acciones. La aparente prevalencia del mal es, entonces, un reflejo de la tarea inacabada de la humanidad y del trabajo continuo que todos debemos realizar en nuestro camino hacia la rectificación y la redención.

Es por ello que estos versículos deben entenderse como advertencias divinas sobre la corrupción moral y el desorden en la tierra. “Kétz” (fin) sugiere no solo un límite temporal, sino un propósito divino para la creación, siendo incluso la destrucción una oportunidad para la renovación y la purificación, tanto en lo físico como en lo espiritual.

“Elohim” (אֱלֹהִים) tiene un valor numérico de 86, que en la gematría está relacionado con el concepto de juicio (din) y “Ketz” (קֵץ), de 190, que también puede interpretarse como un símbolo de límite o final, alineándose con el tema del juicio divino. Por lo cual, así como nuestras acciones afectan no solo a nuestro entorno físico sino también a nuestro entorno espiritual, se genera el final de un ciclo.

La violencia y corrupción mencionadas en el versículo pueden verse como representaciones de nuestras propias luchas internas y las consecuencias que estas tienen en nuestra vida y en el mundo a nuestro alrededor. Por ello, el llamado es a la introspección y a la corrección de nuestros caminos, utilizando la sabiduría divina para guiar nuestras acciones.

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