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Mi Parashá – Génesis 6:4

Con el transcurrir de los nuevos versículos, la maldad humana se agiganta fruto del distanciamiento de la voluntad divina y sus preceptos. Quizá por ello, y gracias a la gematría, debemos desglosar letra por letra para extraer del concepto “הַנְּפִלִים” (Ha-nefilim) – “Los gigantes”: ה (He) = 5, נ (Nun) = 50, פ (Pe) = 80, י (Yod) = 10, ל (Lamed) = 30, י (Yod) = 10 y ם (Mem sofit) = 40, los simbolismos que nos arrojan como resultado 225, que indican que los “Nefilim” o gigantes, como seres caídos que existieron en la tierra en aquellos días, realmente deben entenderse como esa desviación y enorme caída humana frente a la armonía que debíamos promover.

La raíz de la palabra “נפל” (nafal), que significa “caer”, puede llevarnos a diversas interpretaciones como seres “caídos” que somos, y aunque algunas creencias promueven la idea de ángeles caídos o seres de naturaleza espiritual que descendieron al mundo material, lo cierto es que el valor gemátrico de 225, al descomponerse aún más en 2 + 2 + 5 = 9, número asociado con la verdad, la sabiduría y la culminación, nos reafirma que los Nefilim representan una convergencia de conocimiento y poder, pero también una desviación o caída de la armonía divina.

El trasfondo no es si existen ángeles o no, ni si algunos de ellos, como los humanos, pueden permitirse desobedecer, aunque algunos textos bíblicos nos dicen que el libre albedrío como don solo lo tenemos los humanos. Sin embargo, el énfasis que no debemos perder en todas nuestras relecturas es el de llevar a nuestras propias introspecciones estos conceptos, para que, como los Nefilim, asumamos los aspectos enormes que respecto al pecado tenemos y que nublan nuestro potencial y fuerza, llevándonos a correr el riesgo de caer en el infinito egoísmo y un desequilibrio que debe alinearse prontamente con esos propósitos más elevados.

Aunque percibimos la vida como exterior, nuestras disputas son realmente interiores, lo que implica que, como hijos del Creador, “בְּנֵי הָאֱלֹהִים” (Benei ha’Elohim) – “Hijos de Dios”, ב (Bet) = 2, נ (Nun) = 50, י (Yod) = 10, ה (He) = 5, א (Alef) = 1, ל (Lamed) = 30, ה (He) = 5, י (Yod) = 10 y ם (Mem sofit) = 40, con un total de 153, nos está indicando que hacemos parte de esa realidad celestial, y que debemos unirnos con esas “hijas de los hombres” para lograr esa interacción profunda entre lo divino y lo humano.

El número 153 siempre nos llevará a ideas de plenitud y abundancia divina como un llamado a buscar esa conexión profunda y significativa entre el cielo y la tierra, lo espiritual y lo material. Por ello, no podemos perder de vista que dentro de cada individuo existe una chispa divina y que nuestras acciones pueden ser un puente entre lo terrenal y lo celestial cuando actuamos con conciencia y propósito elevado.

El mismo concepto de “הַגִּבֹּרִים” (Ha-giborim) – “Los héroes”, ה (He) = 5, ג (Gimel) = 3, ב (Bet) = 2, ר (Resh) = 200, י (Yod) = 10, ם (Mem sofit) = 40, por su total de 260, nos está recordando que esos individuos de gran fuerza, poderosos, que surgieron de la unión entre los “hijos del Creador” y las “hijas de los hombres” somos nosotros, siempre y cuando mantengamos relaciones íntegras y de completitud. Por ello, el número 260 (2 + 6 + 0 = 8) simboliza el infinito y la trascendencia.

Así que esos “héroes” representan la manifestación de potencialidades extraordinarias y la capacidad de trascender los límites humanos comunes que tenemos si nos miramos desde la espiritualidad y si cultivamos nuestras propias fortalezas y habilidades únicas. Lo cual, además, nos alienta a usar nuestro poder personal de manera responsable y alineada con valores éticos y espirituales, aspirando a logros que beneficien no solo a nosotros mismos, sino también a la comunidad y al mundo en general.

Esos hombres de renombre, “אַנְשֵׁי הַשֵּׁם” (Anshei ha’shem), א (Alef) = 1, נ (Nun) = 50, ש (Shin) = 300, י (Yod) = 10, ה (He) = 5, ש (Shin) = 300, ם (Mem sofit) = 40, que por su valor de 706 nos dan la idea de individuos reconocidos por sus grandes hazañas y su fama, nos denotan que ese estatus elevado es para aquellos justos que tienen una influencia significativa en la sociedad.

El número 706: 7 + 0 + 6 = 13, y el 13 nos lleva a expresiones como “אחד” (Echad, “Uno”) y “אהבה” (Ahavah, “Amor”) para reiterarnos que el verdadero renombre y la grandeza provienen de la unidad y el amor, lo que nos llama a reconsiderar que esa verdadera fama y reconocimiento duradero se logran a través de actos de amor, unidad y servicio desinteresado.

Seguir suponiendo lo contrario y dándole poder interior a esas fuerzas contrarias a la voluntad divina es lo que nos lleva a buscar interpretaciones sesgadas y fantasiosas respecto de temas que simplemente nos llaman a buscar una vida significativa, no por la gloria superficial, sino por el impacto positivo y amoroso que podemos tener en las vidas de otros.

La interacción entre lo divino y lo humano, y las manifestaciones de poder y fama, tienen consecuencias en esas interacciones externas, es cierto, pero más en nuestro ser interior, lo que nos llama a transformar esas narrativas antiguas que trascienden nuestros contextos para más bien buscar ese equilibrio en nuestra naturaleza espiritual y material, reconociendo la presencia de lo divino dentro de lo humano.

Además, reconociendo que con grandes habilidades y fortalezas que supongamos tener, estas vienen acompañadas de la responsabilidad de usarlas para el bien común y en alineación con principios éticos, ya que la verdadera grandeza y legado se construyen a través de acciones basadas en amor, compasión y unidad, más que en la búsqueda de gloria personal.

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