
Mi Parashá – Génesis 7:15
Pese a lo mucho que se nos insiste en la importancia de hacernos conscientes de todas esas inconsciencias que nos generan desequilibrios, buena parte de los cuales se representan a través de emociones descontroladas que toman nuestra voluntad, para luego no saber ni cómo arrepentirnos de habernos dejado dominar por dicho impulso, está claro que poco o nada trabajamos interiormente en cómo coordinar nuestro ser, entendiendo además que nuestros sentimientos no son más que indicadores de lo que está aconteciendo internamente.
Preferimos culpar a agentes externos a los cuales incluso les atribuimos más poder que al mismo Creador, asumiendo que nuestros desequilibrios, esos que nos llaman la atención para que corrijamos nuestros desvaríos dentro de la dualidad natural, son igualmente responsabilidad del Creador o de sus emociones, esas que nos generan castigos, intentando juzgarlo como si fuera uno de los nuestros, irrespetando profundamente su deidad.
Nos aprovechamos de su misericordia, esa que no entendemos y que leemos sesgadamente cuando advertimos que hasta las serpientes entraron al arca, obviando que toda esa simbología allí planteada nos llama a trabajar por nuestra armonía y la del mundo, ya que el equilibrio entre opuestos, algo esencial para la vida, debe partir de nuestro ser interior.
Fuerzas internas que debemos coordinar gracias al apoyo del Espíritu Santo, quien nos guiará a través de lo que consideramos bueno, como también de lo que descalificamos como malo, incitándonos a que aprendamos tanto de la luz como de la oscuridad, ya que todos esos procesos son cruciales para ese crecimiento integral general que requerimos y para el cual estamos en este plano terrenal.
Escenario en donde cohabitamos compartiendo Su “aliento o hálito de vida”, simple aire para algunos, que con su oxígeno cargado de su propia esencia nos da vida, insistiendo a través de cada respiración que esta es sagrada, entre muchas cosas porque está impregnada de ese propósito divino, siendo indispensable que la cuidemos, no solo desde nuestro ser, sino siendo mayordomos y apoyos para los demás.
Estamos viviendo una experiencia terrenal temporal, pero a la vez, sin darnos cuenta, vivenciando esa existencia espiritual eterna, y por ello nuestro ser y los de otros seres vivos deben ser protegidos y valorados, compartiendo entre todos este refugio terrenal que, como arca mayor, nos invita a una santidad donde podamos nutrirnos, pero a la vez aportar con nuestros dones alineados con su propósito para la reunificación de lo creado.
Como parejas (שְׁנַיִם שְׁנַיִם), dicho llamado a la unidad nos grita repetidamente que nuestra dualidad es una invitación a complementarnos, lo cual parece no queremos entender, así como tampoco comprendemos que nuestros dones son para servirnos mutuamente, entendiendo que en la materia los opuestos se fusionan y generan un equilibrio, por lo cual todos compartimos su aliento de vida, “ruach chayyim”, si formamos parte de lo creado, que es un todo aunque solo percibamos partes.
La palabra “ruach” (רוּחַ) tiene un valor gemátrico de 214 (ר = 200, ו = 6, ח = 8), que se descompone en 2 + 1 + 4 = 7, no solo para reflejar la completitud y el ciclo de la creación, sino que, al complementarse con “Chayyim” (חַיִּים), cuyo valor gemátrico es 68 (ח = 8, י = 10, י = 10, מ = 40), que se descompone en 6 + 8 = 14, y luego 1 + 4 = 5, nos recuerda que vivimos en dimensiones, en ciclos, en niveles donde nuestra alma va aprendiendo y creciendo.
Es necesario entender que debemos ser útiles, generando esa atracción natural que nos guía hacia un lugar de santidad y protección, un espacio que visualizamos como físico, pero que realmente es parte de esa dimensión espiritual donde la vida en todas sus formas es protegida y preservada para el futuro.



