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Mi Parashà – Génesis 7:19

Cuando comparamos la magnitud de nuestras pruebas con las de los demás, cometemos el error de creer que nuestros procesos de crecimiento son iguales a los de esos otros, incluso obviando que ellos seguramente afrontan sus desafíos sin quejarse tanto y, por el contrario, asumen más y nuevos retos.

Todas las comparaciones son odiosas, y de lo que se trata es de buscar nuestra purificación personal, asumiendo que esta implica crecimiento tanto individual como general. Por ende, debemos enfrentarla sin importar si las aguas del diluvio que cubren nuestros montes más altos no están haciendo lo mismo con los de nuestros vecinos, ya que no hay aspecto de nuestra vida que esté exento de ser transformado.

Todos los niveles de nuestra existencia, desde lo más material hasta lo más espiritual, pueden ser sometidos a procesos de juicio y purificación para alcanzar un estado de renovación. Por ello, la cobertura de los montes altos simboliza la idea de que, aunque podamos alcanzar niveles elevados de espiritualidad o logro, siempre debemos mantenernos humildes y conscientes de que todo está bajo la soberanía de lo divino.

La humildad se convierte en una necesidad para reconocer que nuestra vida y nuestros logros están siempre bajo la supervisión y el juicio de lo divino, por lo que nuestros desafíos o pruebas siempre serán oportunidades para una renovación profunda y completa, que nos permita trascender a un nuevo nivel de existencia y espiritualidad más alto.

Todo nos desafía a mantenernos firmes en nuestra fe, confiando en que, aunque el proceso pueda ser intenso y duro, el resultado final es una renovación y una elevación hacia lo que es eterno y divino. Quizá por ello el verbo “gaveru” (prevalecieron), al igual que “me’od” (muchísimo), subrayan esa intensidad del diluvio, en donde la fuerza de las aguas sugiere un juicio total y abrumador, necesario para la purificación completa del mundo.

Mientras que los montes altos simbolizan lugares elevados de espiritualidad o poder, el hecho de que estos montes sean cubiertos por las aguas nos reitera que ningún aspecto de la creación, por elevado que sea, está exento del juicio divino.

La mención de que todo esto sucede “debajo de todos los cielos” enfatiza la universalidad del diluvio, ya que el cielo representa el plano espiritual, y lo que ocurre “debajo de los cielos” ocurre en el mundo material. Por ende, la palabra “heharim” (הֶהָרִים), que significa “los montes”, tiene un valor gemátrico de 260 (ה = 5, ה = 5, ר = 200, י = 10, מ = 40), lo que se descompone en 2 + 6 + 0 = 8, número asociado con lo que trasciende lo natural, el ciclo de la creación más allá de la perfección del siete, señalando hacia lo que es eterno y divino.

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