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Mi Parashá – Génesis 7:2

Hemos insistido en que el profundo estudio de la Biblia debe llevarnos a intentar entender los mensajes de cada signo lingüístico, utilizando incluso la gematría y los números para poder establecer comparaciones y contextos. Los números en sí mismos también son motivo de estudio, ya que, por ser más exactos y extensos, nos permiten, con sus significados, adentrarnos más en esos misterios ocultos que las señales divinas representan para nuestros lenguajes limitados.

No perdamos de vista que esos números no solo nos proporcionan aproximaciones más exactas, sino que también se cree que son una parte integral del lenguaje divino, el cual se manifiesta tanto en palabras como en números. Esto permite explorar los misterios del universo a través de un sistema simbólico que es, a la vez, más preciso y profundamente espiritual.

Estos números deben servirnos como una especie de puente intelectual entre lo divino y lo humano, permitiéndonos acceder a esas verdades eternas que subyacen en la creación. No es casualidad que las ciencias humanas y sus números generen explicaciones más precisas y acertadas sobre algunos aspectos de nuestra naturaleza.

Los números no son meros símbolos matemáticos; poseen un significado metafísico que está entrelazado con el universo, la creación y su orden. Es por ello que la gematría, como técnica, utiliza estos valores numéricos para encontrar conexiones entre palabras, frases y conceptos, revelando así verdades espirituales ocultas.

Los números representan ideas abstractas con una precisión inherente que permite un entendimiento más exacto de los conceptos, trascendiendo las limitaciones del lenguaje. Las mismas “sefirot”, como emanaciones divinas que estructuran el universo, están asociadas con números específicos, lo que indica que los números forman parte del mismo tejido de la realidad.

En este contexto, el número siete (שבע) es altamente significativo, ya que representa la completitud y la perfección en el mundo físico, dado que el mundo fue creado en siete días. Por lo tanto, cuando Noé toma siete pares de animales puros, esto debe interpretarse como un símbolo de la preservación de la completitud y la santidad en el mundo renovado después del diluvio.

La distinción entre animales puros e impuros no solo es relevante en un sentido ritual, sino también en un sentido moral y espiritual. La pureza, en este contexto, puede interpretarse como la preservación de la bondad y la santidad, mientras que la impureza podría representar aquellos aspectos de la creación que necesitan ser controlados o purificados.

La mención específica de “macho y hembra” subraya la importancia de la dualidad en la creación, un tema recurrente en pro de la armonía entre opuestos, siendo siempre crucial el equilibrio para la preservación de la vida. Se trata entonces de buscar esa armonía entre los aspectos puros e impuros de nuestro día a día.

La unión de opuestos es esencial para la creación y la vida, siendo indispensable aceptar y trabajar con ambas fuerzas, reconociendo la importancia de la pureza y la santidad, pero también entendiendo y transformando lo impuro, preservando lo sagrado y asumiendo conscientemente esos aspectos más oscuros o menos comprendidos de nuestra existencia.

Las impurezas, en nuestro caso, parten de una intención, un deseo, un pensamiento, una palabra, de esas que salen de nosotros regularmente y maldicen de nosotros, de la vida, del mismo Creador, fruto de vulgaridades que, aunque parecen naturales, solo denotan que estamos enfermos. “צרעת” (tzara’at), con un valor numérico de 751 (צ = 90, ר = 200, ע = 70, ת = 400), nos advierte que tendremos que dar cuenta en el juicio divino de cada expresión impura.

Probablemente por ello nuestra lengua debe permanecer húmeda, para que la corrupción que sale de nuestros labios no nos lleve cada vez más bajo, sometiéndonos a esos procesos complejos de rectificación y transformación, como el diluvio o la misma lepra bíblica, que nos reiteran que todo tiene un contexto espiritual.

Para maldecir algo o a alguien no es necesario hacer conjuros especiales. “קללה”, kalalá, maldición, con un valor de 160, nos recuerda que todas esas malas expresiones, cual maldiciones, son manifestaciones graves de lo alejados que estamos del Creador y Su palabra. Estas afectaciones son tan profundas que nuestra alma se infecta y enferma por nuestro lenguaje mundano.

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