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Mi Parashá – Génesis 8:22

El Creador nos promete continuidad y estabilidad en los ciclos naturales de la tierra, un compromiso que asegura que, a pesar de los desafíos que puedan surgir, los ciclos esenciales de la vida continuarán. Por ello, palabras como “עֹד” (Od – “mientras”) con un valor numérico de 74, “הָאָרֶץ” (Haaretz – “la tierra”) con un valor de 296, y “לֹא יִשְׁבֹּתוּ” (Lo yishbotu – “no cesarán”) con un valor de 863, son tan importantes a la hora de comprender estos ciclos y su relación con las manifestaciones divinas.

La palabra “עֹד” (Od – “mientras”) sugiere continuidad y permanencia, reforzando la idea de que los ciclos de la naturaleza son una manifestación de la voluntad divina, asegurando que la vida y sus ritmos continuarán de manera ininterrumpida, un proceso de constancia y estabilidad que el Creador nos promete mantener en el mundo.

La estabilidad y la constancia en dichos ciclos de la vida son mantenidas solo por la voluntad divina, fruto de esa promesa de que la siembra, la cosecha, el frío, el calor, el día y la noche no cesarán mientras exista la tierra. Esto nos asegura que, a pesar de cualquier adversidad, los fundamentos de la vida continuarán inquebrantables.

Esta promesa nos invita a confiar en la estabilidad que Él provee, a pesar de las incertidumbres que podamos enfrentar en nuestras vidas. Los ciclos naturales no solo representan los aspectos físicos del mundo, sino también los ciclos espirituales de crecimiento, descanso, renovación y continuidad.

Al reconocer en esto un consuelo en la regularidad y permanencia de los ciclos naturales, podemos confiar en que, aunque enfrentemos desafíos, siempre habrá un regreso a la estabilidad y la normalidad, reflejado en la continuidad de la siembra y la cosecha, el frío y el calor, el día y la noche.

Se trata de sabernos parte de estos ciclos y aprender a vivir en armonía con los ritmos naturales de la vida, aceptando tanto los períodos de abundancia como los de escasez, y confiando en que cada fase es necesaria para el equilibrio y la renovación. Esta fe nos llama a atender la continuidad de los ritmos naturales y a reconocer la importancia de vivir en sintonía con ellos, tanto en lo físico como en lo espiritual.

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