
Mi Parashà – Génesis 9:6
Entender que la vida humana es sagrada es quizá uno de los grandes motivos de nuestro paso por este proceso temporal terrenal, en donde nos cuesta no solo visionarnos como creados a imagen y semejanza del Creador, sino también como sus hijos.
Es una razón de peso para releer este versículo y comprender lo que realmente significa ser “a imagen del Creador” (בְּצֶלֶם אֱלֹהִים, betzelem Elohim), una expresión que subraya la idea de que la vida humana tiene un valor intrínseco y divino, y que cualquier ataque contra una vida humana es, en cierto sentido, un ataque contra la divinidad misma.
La palabra “צֶלֶם” (tzelem), que significa “imagen”, tiene un valor gemátrico de 160 (צ=90, ל=30, ם=40), dándonos la idea de protección, santidad y preservación de la vida. A este contexto debemos sumar la palabra “אֱלֹהִים” (Elohim), que se refiere al Creador y tiene un valor gemátrico de 86, lo que nos lleva a hacer otra analogía para comprender la diferencia numérica entre “tzelem” y “Elohim”. Esta diferencia debe interpretarse como la distancia simbólica que la humanidad debe recorrer para alcanzar una plena comunión con lo divino.
Esta distancia se cierra a través de la justicia y la santidad, por lo cual nuestras acciones tienen un impacto profundo que nos llama a actuar con justicia y respeto hacia la vida de los demás. Cuando protegemos la vida, honramos la imagen del Creador en la humanidad, y cuando la destruimos, rompemos ese vínculo sagrado.
Valorar y proteger la vida nos lleva al plano espiritual, ya que cada vida es un reflejo de lo divino. Por ello, debemos actuar en consecuencia, protegiendo y respetando esa santidad en nosotros mismos y en los demás, viviendo con una mayor conciencia de nuestras acciones y sus consecuencias, esforzándonos por actuar de manera justa, compasiva y respetuosa hacia la vida en todas sus formas.



