
Mi Parashá – Génesis 1:13
El número tres nos lleva a la Sefirá de Tiferet, que representa la belleza, la armonía y el equilibrio. Esta manifestación divina equilibra las energías de Chesed (misericordia) y Gevurá (fuerza), enseñándonos así la importancia de propiciar en nuestras vivencias ese estado de armonía que, visionada desde lo divino, es perfecta.
Es por ello que el tercer día nos propone la estabilización de la creación con la aparición de la vegetación y los árboles frutales, dando al mundo físico ese orden espiritual, completándose así un ciclo dentro de la narrativa bíblica. Tengamos en cuenta que la tarde, como período de ocultación, nos llama a la introspección y a la vez a la preparación, mientras que la mañana simboliza el escenario de revelación, claridad y acción.
Pasar del ciclo de oscuridad al de la luz es parte de nuestro proceso natural y permanente, y esa transformación refleja nuestro crecimiento integral. Para ello es necesario que pasemos por momentos de introspección, donde nos reencontramos con nosotros mismos y con el Creador a través de la oración, y así, gracias a ella, vamos encontrando la iluminación inicialmente de nuestro entendimiento, de nuestra conciencia, de nuestras vivencias, en este mundo en el que toda acción debe pasar de nuestra ejecución inconsciente a la voluntad consciente de realizarla.
El número tres en gematría está asociado con el valor de la letra ג (gimel), que simboliza la plenitud y la estabilidad en la creación. Este número también representa la firmeza y la confirmación de algo, como un testigo fiel o un pacto sólido. Es por ello que “Yom Shelishi” (Tercer Día) nos reitera que se completó un ciclo fundamental de la creación.
El tercer día, en el que la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— se manifestó plenamente en esta tierra luego de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y su descenso al inframundo de la muerte, es un mensaje que denota esa consolidación, donde lo que ha sido creado previamente comienza a manifestarse plenamente. Para los creyentes, representa el momento en el que nuestras intenciones y esfuerzos empiezan a dar frutos visibles, consolidando nuestro crecimiento espiritual y material.
La asociación del tercer día con Tiferet nos invita a buscar equilibrio y armonía en nuestras vidas, alineando nuestros deseos, pensamientos, emociones, interacciones e interrelaciones con esa intención divina de la unidad. Esto nos lleva a buscar en nuestros valores más profundos nuestra verdadera búsqueda, alejándonos así de todas las expectativas y alucinaciones egoístas y mercantiles que no nos permiten entender el balance universal entre la misericordia y la justicia, entre lo espiritual y lo material.
Nuestro ciclo de oscuridad ha llegado a su fin con la luz reveladora del amor de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, estamos llamados a hacer esa transición consciente de nuestra tarde, en la que seguimos dormidos, a la mañana, en la cual despertamos a Su lado gracias a esa fe que además se debe reflejar en nuestro crecimiento personal, el mismo que supera los desafíos y la incertidumbre mundana para alcanzar esa claridad que significa nuestro propósito divino.
Todo lo vivido en este ciclo de vida es necesario para nuestro desarrollo. De allí la importancia de nuestra perseverancia y paciencia, las cuales siembran la confianza para que Su luz comience a crecer y a darnos forma dentro de un proceso que necesita del tiempo terrenal para que nuestras intenciones fraternales y serviciales produzcan resultados tangibles. Estamos viviendo un tercer día de expansión y crecimiento, en el cual la bondad del Creador se despliega en el mundo físico.



