
Mi Parashá – Génesis 9:7
Al reafirmar el mandato y bendición que, desde Adán y Eva, se nos predica a Noé y a sus descendientes después del diluvio, se nos recuerda como humanidad que nos fragmentamos de su esencia y que nuestro mayor propósito es unificarnos. Para ello, es necesario que más almas lleguen a la tierra, dadas a luz como fruto de la relación entre hombre y mujer.
Al ser fecundos y multiplicarnos, no solo debemos poblar la tierra en un sentido literal, sino que también debemos expandir nuestra esencia gracias a una conciencia espiritual que logre llenarlo todo a través de actos de bondad, justicia y santidad, en cumplimiento del propósito divino en la tierra.
La palabra “sed fecundos”, “פְּרוּ” (peru), con un valor gemátrico de 286 (פ=80, ר=200, ו=6), nos da la idea de una abundancia que no es material ni de riquezas, sino de luz, la cual debe multiplicarse a través de nuestra fecundidad para que esa descendencia continúe con nuestro crecimiento espiritual y la propagación de esos valores divinos en el mundo.
El mandato de “וּרְבוּ” (urvu), “multiplicaos”, refuerza esta idea de expansión y crecimiento, sugiriendo que los seres humanos no solo deben aumentar en número, sino también en calidad espiritual y en el impacto positivo que tienen en el mundo. Esta es nuestra mayor misión en la vida, tanto a nivel individual como colectivo.
Así que nuestras acciones deben contribuir a la mejora del mundo, asumiendo que nuestras intenciones, deseos, emociones, palabras, decisiones, interacciones e interrelaciones deben contribuir al crecimiento y la multiplicación del bien en el mundo, cumpliendo así con el propósito divino que se nos ha encomendado.



