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Mi Parashá – Génesis 11:18

Nuestros ancestros nos enseñan a buscar nuestra madurez espiritual antes de engendrar, entendiendo la vida no solo en términos de tiempo, sino también en términos de propósito, ya que nuestra historia debe conducirnos a un crecimiento integral, lo cual representa nuestra evolución espiritual.

Aunque Péleg pueda simbolizar una separación, este proceso, en sí mismo, debe abrir la puerta a nuevas formas de conocimiento y crecimiento. Este proceso asegura que, como humanidad, continuemos en la búsqueda de una mayor comprensión, sin confundirnos ante la gran variedad de perspectivas que nos rodean.

El nombre Reú (276), que también simboliza la continuidad de este linaje espiritual, nos vincula con la cadena de generaciones que eventualmente llegará hasta Abraham, consolidando al pueblo hebreo. No debemos perder de vista que cada generación tiene la responsabilidad de preservar y expandir la conexión con lo divino. Reú, como receptor de este legado transmitido por su padre, Péleg, tiene la misión de continuar con esta herencia espiritual.

“רְעוּ” (Reú), con un valor gemátrico de 276 (ר=200, ע=70, ו=6), nos habla de esa conexión entre generaciones para la transmisión de la sabiduría divina. Cada versículo enfatiza la importancia de la continuidad y la transmisión del legado espiritual a lo largo de las generaciones.

Todos desempeñamos un rol en este mundo, y la transmisión del legado espiritual es de suma importancia. Es nuestra responsabilidad preservar y transmitir esa sabiduría a las generaciones futuras, asegurando que la conexión con lo divino continúe creciendo y expandiéndose a lo largo del tiempo.

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