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Mi Kabbala – Jeshván 7, 5786 – Miércoles 29 de octubre del 2025

¿Judío?

El Texto de Textos nos revela en Génesis 12:1, “Pero el Creador había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.

Se llamó “judíos” a aquellos que provenían de la región de Judea (יהודה, Ieudá), Tierra Santa que en parte hoy ocupa Israel, concepto que se cree proviene de la combinación de dos palabras: “Yavé” y odeh, que significan “alabanza” o “adoración”, expresiones que genealógicamente nos llevan a los descendientes de Judá, uno de los doce hijos de Jacob y por lo tanto a Isaac y al mismo Abraham, padre de la fe, a quien se le entregó esa región del Sinaí, donde además el ángel del Creador en una zarza ardiente, atrajo a Moisés para en ese mismo monte de Horeb entregar sus mandamientos, que hoy nos iluminan.

Desde entonces los herederos de Abraham y el judaísmo se han caracterizado por su misión consanguínea de adoptar no solo esos mandatos y esa fe en el único Creador y Señor, sino también de promover unas costumbres que, como modus vivendi, implican ser guiados por Él a través de este desierto terrenal y quizá por ello, la palabra Judá (יהודה, Yahû’dâh) se convierte en un llamado a entregar nuestras vidas a ese ser de luz al que milenariamente otros pueblos han olvidado, pero que escogió a esa tribu y ese lugar para mostrarnos a todos sus hijos la importancia de ser obedientes a su Palabra y voluntad.

Nuestros conflictos espirituales son fruto de ese exilio, de salir de nuestra Tierra Prometida, analogía que nos habla más que la tierra entregada a nuestros hermanos judíos en las Sagradas Escrituras, de ese paraíso del que salimos por los efectos de nuestra desobediencia y aunque esos hermanos hablan del apego a seiscientos trece preceptos de la mitzvá (מצוה), los creyentes debemos hacernos consientes de esa misión que nos recuerda que estamos aquí, en este plano para que nuestras almas se integren al Creador, limpiando nuestra sangre pecadora y siendo guiados por su Espíritu Santo.

De Rebeca e Isaac nacieron los mellizos Jacob (יַעֲקֹב, Ya’acov) y Esaú, quien vendió su primogenitura por un plato de lentejas, denotándonos así que su hermano tuvo que luchar con el mismo Creador para constituirse en pueblo: en Israel, manteniendo ese legado generacional que como modelo de vida, nos propone el sabernos Sus hijos, perspectiva, que durante estos casi seis mil años terrenales, ha mantenido a los judíos aferrados al estudio de la Torá y a nosotros como creyentes, comprometidos con el cambio interior, para que sea la obediencia a Él la que nos integre y redima, liberándonos de este plano temporal terrenal egoísta que solo nos distrae de nuestro verdadero destino.

Su mayor mandato, es el amor: a nuestros próximos y a nosotros mismos, pero sobre todo al Creador, fluir que nos vincula como pueblo, iglesia: hijos en pro de alcanzar orientar nuestra voluntad gracias a esas chispas de luz por su Palabra, las cuales nos guían iluminando nuestro entendimiento, para que no perdamos de vista que la única manera de sabernos vivos y completos es reorientándonos hacia Él, fe que nos legó Abraham (אַבְרָהָם, Avraham), ancestro y responsable de legarnos ese modelo de vida.

El Texto de Textos nos revela en Juan 4:21, “Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”.

Oremos para que aprendamos más del pueblo Judío.

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