
Mi Kabbala – Elul 11, 5785 – Jueves 4 de septiembre del 2025
¿Palabras?
El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 31:9, “Y escribió Moisés esta ley, y la dio a los sacerdotes hijos de Leví, que llevaban el arca del pacto de Jehová, y a todos los ancianos de Israel”.
La Torá, como enseñanza o instrucción de la ley del Creador, contiene realmente cinco libros que los creyentes reconocemos como el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Aunque la tradición sostiene que fue Moisés quien escribió estos es claro que dichas enseñanzas del Creador (לימוד, limud) fueron dadas a su pueblo para que, como las mismas Tablas de la Ley, él, gracias a dicha revelación, las difundiera y enseñara oralmente a todos sus congéneres, de tal manera que esa Palabra, luego llevada a libros en diferentes idiomas guiara nuestras vivencias.
Quienes estudian en profundidad estos temas afirman, desde conceptos como el Árbol de la Vida, que Moisés tenía la capacidad de percibir la luz de estos manuscritos en todo su contexto, mirada que es explicada por algunos creyentes desde la perspectiva de la sinestesia (סינסתזיה, sinstézia), propiedad que permite ampliar nuestro espectro más allá de lo que otros captan a través de sus sentidos, lo que nos enseña que Moisés veía el movimiento de las veintidós letras del alfabeto hebreo original como hologramas, recibiendo así directamente los preceptos que el Creador le revelaba a su conciencia.
La sinestesia, condición presente en algunas personas, permite oír colores, ver sonidos e incluso apreciar texturas cuando se saborea algo, lógica espiritual que le daba a Moshé (מושה o משה) la posibilidad de hacer correspondencias de manera espontánea apreciando otros tonos de color, sonidos e intensidades de sabores más allá de su mente, facultad, muy exclusiva que le posibilitaba un espacio sensorial particular, distinto al común, que alteraba sus percepciones al conectar todo desde su alma comunicándose de manera única y directa con el Creador más allá de las revelaciones que de otra forma no entendería.
La cronología bíblica nos relata que, antes de la llegada de la Torá, se vivieron dos mil años de caos. Luego, con esa Palabra, llegaron otros dos mil años de enseñanzas y, posteriormente, con la venida de nuestro Señor Jesucristo, se abrieron nuestros dos mil años de misericordia, perspectiva que denota que Su Palabra nunca ha estado oculta, sino que nosotros hemos decidido no escucharla, ni atenderla, más ahora, gracias al Espíritu Santo, ella puede ser revelada en nuestro propio cuerpo, como templo, para que abramos nuestras percepciones a Él, logrando que, en nuestra cotidianidad, asumamos la salvación (להושיה, leoshía) por fe, y disfrutemos de la guía de Su Palabra.
La Palabra es eterna y, aunque se plasmó en un documento sagrado, es perceptible a través de todos nuestros sentidos. Sin embargo, al seguir distrayéndonos con alucinaciones, sesgamos nuestra capacidad sensoria emotiva proyectándonos tan solo fragmentos de luz., que se pueden incrementar gracias a la oración para que la guía del Espíritu Santo nos permita reconocer esos engaños que disfrazados de idolatría nos impiden percibir al Creador y convertirlo en nuestra prioridad y vivencia, asumiendo sus analogías como destellos que encienden nuestra conciencia (מַצְפּוּן, matzpun).
El Texto de Textos nos revela en Lucas 16:10, “el que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto”.
Oremos para poder percibir, entender y ver la Palabra hecha vida en Él.



