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Mi Kabbala – Jeshván 10, 5785 – Lunes 11 de noviembre del 2024.

¿Imagen?

El Texto de Textos nos revela en Isaías 40:12, “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?  13 ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? 14 ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?

El concepto de imagen, tzelem (צֶלֶם), nace de otra expresión más breve, tzel, que significa “sombra”. A partir de esa analogía, se nos habla de la Luz del Creador, de sus chispas que, producto de la vibración de Su Palabra, proyectan destellos en la oscuridad de nuestras mentes. Como imagen de Él, somos llamados a atender ese reflejo, guiándonos hacia su perfección, integrándonos con Su belleza y divinidad. Esta realidad imaginaria otorga significado a nuestro lenguaje y, al mismo tiempo, información a nuestras vivencias, que con tales conocimientos confieren sentido a nuestra coexistencia.

Son intercambios de información que percibimos a través de nuestros sentidos y que, decodificados como ruidos, olores, sabores o tactos, clasificamos en nuestra memoria para corroborar con nuestros semejantes esas experiencias, nuestra realidad. Esta realidad, sin embargo, hoy se halla alejada de esa imagen divina que, en esencia, sigue retroalimentándonos, aunque desconocemos, al recrearnos más en nuestro caos, desorden y conflictos, fruto de un libre albedrío que, al no ser pastoreado, roeh (רוֹעֶה, “guía”) por Su Palabra y Sus preceptos, nos devuelve imágenes confusas de la misma vida.

Fluimos con Su Luz, Su energía, pero las bloqueamos con nuestros distractores, que nos desvían de ese sentido trascendente y nos conducen a espacios confusos que se apoderan de nuestras mentes. Estas ideas y desconocimientos, que reproducimos, provocan nuestras históricas desilusiones, mismas que nos limitan y desenfocan con sus engañosos imaginarios, necesitando iluminar nuestro entendimiento, Biná (בינה, tercera sefirá), para que nuestro proceso racional se articule con esa voluntad y nos guíe hacia otro tipo de pensamientos, alineándonos con Su Palabra.

Los creyentes, como Acaz (אָחָז, ʼĀḥāz, “sostenido”), aferrados a la sombra del Creador, debemos reorientar esos destellos para que nuestro cuerpo, cual tabernáculo, permita ese encuentro permanente gracias a Su Haz de Luz. Como copias de Su imagen, a Su semejanza, debemos comportarnos conforme a Su Voluntad, logrando que esa Luz irradie en todos nuestros entornos y proyectando la armonía y paz que Su Palabra reproduce, alejándonos de la esclavitud del pecado en un mundo oscuro que nos mantiene fragmentados, cargados de alucinaciones y deseos egoístas.

Vivir bajo Su sombra (צֵל, tzel) significa entonces que tenemos la capacidad volitiva de mantenernos orientados por Él, a pesar de nuestra naturaleza pecaminosa, y retroalimentarnos ya no del árbol del conocimiento del bien y del mal, sino del árbol de la Vida. Así, nuestro Señor Jesucristo, mediante Su Espíritu Santo, nos alinea en la fe, consolidando nuevas vivencias al vincularnos con Su amor, Su misericordia, Su justicia; perspectiva espiritual que nos permitirá hablar, pensar y actuar de manera semejante a Él, reconociendo además que al humanarse a nuestra imagen, nos rescató, redimió, salvó.

El Texto de Textos nos revela en II de Timoteo 3:16, “toda la Escritura es inspirada por el Creador, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre del Creador sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

Oremos para mantenernos a la sombra del altísimo.

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