
Mi Kabbala – Kislev 17, 5786 – Domingo 7 de diciembre del 2025
¿Nosotros?
El Texto de Textos nos revela en Isaías 59:20, “Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob, dice el Creador. 21 Y este será mi pacto con ellos, dijo Jehová: El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos, dijo Jehová, desde ahora y para siempre”.
La Yód o Yúd (י) es la décima letra del alfabeto hebreo y llevada como analogía al nos insinúa que deberíamos hablar mas bien en la tercera persona de: Yosotros, en donde nos incluimos todos como creyentes, visión más social y amplia en donde nos sabemos parte y dejamos de percibirnos aparte de todo y de todos, lo que lógicamente nos denota la necesidad de depender totalmente de nuestro Creador: Yo soy, sabiéndonos Su esencia, espiritualidad que no percibimos fruto de un ego que solo demuestra nuestra ignorancia y el poco valor que le entregamos a todo lo que Él ha hecho por nosotros.
Quizá por ello el pronombre: Yo (אֲנִי, ani) llevado a nuestro ego máximo, nos demuestra que aunque deberíamos leerlo como la primera persona del singular imperfecto: ser, lo visionamos equivocadamente, lógica lejana incluso a nosotros mismos, obviándole además a Él: Yo soy, nuestra razón de ser, guía y salvador, quien nos posibilita el existir, como a la vez el entrar en comunicación con esa dimensión espiritual, a través de la cual podemos retornar a ese espacio celestial que incluso estando en nuestro interior, no atendemos, producto del pecado, el mismo que desvía nuestra voluntad y oscurece nuestra Fe.
Él es nuestro Yo Soy (ehyeh Ehyeh-Asher-Ehyeh, אֶהְיֶה אֲשֶׁר אֶהְיֶה) y como creyentes debemos de verle humanado en nuestro Señor Jesucristo, nuestra luz, la que ilumina nuestro entendimiento y diario camino, para retroalimentarnos del Árbol de la vida y ya no del conocimiento del bien y del mal, ya que Él es la fuente energética que nos permite no volver a tener deseos y sed de este mundo, triste apego que no nos permite nutrirnos de sus frutos originales, los del amor, vinculo que nos integra como una unidad de seres que coexistimos armónicamente con el Creador y esta Su obra.
Él es Emanuel (עִמָּנוּאֵל, Immānûʼēl) quien está con nosotros, llamado a confiar menos en luces artificiales de nuestros imaginarios y enfocarnos mentalmente en recrearnos más en la luz, la misma que alimenta todo, al sol, y que transforma este mundo y su sesgada realidad terrenal por gracia, lo que nos llama a dejar de seguir actuando a nuestro acomodo, plagándonos de errores, perpetuándonos en consolidar ese final apocalíptico reproducido en nuestras costumbres por quienes no piensan sino en la subsistencia humana ambiciosa la cual se alimenta de deseos gracias a un ego insaciable.
Aceptar que, el Yo soy, el soy el que soy (אֶהְיֶה אֲשֶׁר אֶהְיֶה), quien nos hace vibrar con su Palabra, cual si fuesen rayos infrarrojos, es quien abre nuestras mentes para poder entender que nuestra oscuridad y vacío se llena solo con el amor que Él nos demostró cuando se hizo hombre, es asumir Su mensaje salvador para vencer ese pecado que nos lleva a la muerte producto de nuestra desobediencia y empezar a reproducir su Luz, llevándola a todas esas oscuridades (כֵּהֶה, kehe) en que nos recreamos a cada instante.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 2:1, “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. 3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. 4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo”.
Oremos para que nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestros diarios pasos.



