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Mi Kabbala – Nisán 6, 5786 – Lunes 24 de marzo del 2026.

¿Vino?

El Texto de Textos nos revela en Eclesiastés 2:3, “consideré en mi mente cómo estimular mi cuerpo con el vino, mientras mi mente me guiaba con sabiduría, y cómo echar mano de la insensatez, hasta que pudiera ver qué hay de bueno bajo el cielo que los hijos de los hombres hacen en los contados días de su vida”.

Cada letra hebrea y sus combinaciones nos pueden aportar diversas enseñanzas, al respecto de revelaciones, que como las dadas en la última cena por nuestro Señor Jesucristo al reunirse con sus discípulos para compartir el pan y el vino, antes de su muerte, nos denotan analogías entre los conceptos de sangre (dam, דָָם), vino (יין, yayin) y agua (mayim, מים), gracias a la gematría de esas letras, dándole a ese líquido un concepto vital, más allá de la muerte, transición para salir del pecado y la oscuridad logrando a través de esta purificación terrenal el acogernos a la voluntad del Creador retornando a Èl.

En las bodas de Caná (Kidushín, מסכת קידושין) se nos muestra ese vino, como signo del amor, que une a los esposos, por lo que al transformarse este refleja esa abundancia producida por ese fluir que se irriga en nuestros entornos, lo que para algunos creyentes simboliza igualmente la alianza con Su pueblo. Por ello en esa cena a la que estamos invitados a diario, el vino como sangre de Él derramada por amor, expresa la manifestación máxima de dicho vínculo con nuestro Padre frente a una cruz. Dejándonos claro que todo lo que se opone a Él al derramarse en esta tierra, gracias a la muerte de su hijo, nos lleva a una trasformación hacia la abundancia de la vida eterna.

A partir de ese sacrificio (זֶֶבַח, zebaj) ese liquido del vino, ya no solo debe entenderse como una señal de amor, sino sobre todo de misericordia y perdón, sentimiento que desde la lógica humana nos debe llenar de esas expresiones más sublimes a través de las cuales nos vinculamos nuevamente con el amor del Creador, siendo el mensaje de la sangre en la Cruz, como el vino, algo que debemos beber para obtener ese perdón, que implica el rechazo que cada uno de nosotros asume al respecto de una forma de vida pecaminosa.

Beber el vino, a diario simbólicamente sea o no a través de la Cena del Señor, nos induce a ese perdón que ha sido ofrecido de parte del Padre a través de nuestro Señor Jesucristo, gracias a la conciencia de cambio que nos da el abrazarnos a Él a través de la fe. Tomar la copa (כּוֹס, kos) y beber el vino debe por ende ser nuestra diaria disposición a amar a todos nuestros próximos de la misma forma que Él, sin esperar nada a cambio lo hace. Por lo que al tomar esa copa, estamos denotando nuestra disposición a perdonar las ofensas de los demás, así como Él nos perdonó.

Como Isaac (יִצְחָק, Yitzhak) se nos llama a ofrecer otro sacrificio, el cual nos llama a la hermosa costumbre de comer el Pan de Vida y Beber el Vino de la sangre amorosa de perdón del Cordero, la cual significa el nutrir nuestro ser con esos ríos de agua viva de Su amor, para que a través de ese acto imaginario y simbólico logremos vincularnos a Él llevando nuestras oraciones a ese nuestro huerto corporal hasta que estas se eleven, erradicando así todas nuestras tentaciones, pecados, deseos e incluso desobediencias, superando además esas intenciones pecaminosas gracias a la guía del Espíritu Santo.

El Texto de Textos nos revela en Lucas 22:20, “de igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama”.

Oremos para que la sangre del Cordero embriague nuestras búsquedas.

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