
Mi Kabbala – Tevet 21, 5786 – Sábado 10 de enero del 2026.
¿Renacer?
El Texto de Textos nos revela en Isaías 9:5, “Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo; la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”.
La natividad nos llama a nacer (לְייַלֵּד, leyaled) en el embrión de este mundo, madurando para el verdadero nacimiento espiritual, tal como nos lo denoto el Creador al humanarse, proceso que debemos asimilarse para que Su Luz renazca a cada instante en nosotros, de allí la importancia de asumir voluntariamente esa responsabilidad de trabajar individual y grupalmente para irradiar Su amor como fluir, en pro de de reconocemos como parte integral de esta Su obra, gracias a ese vínculo perfecto que enmarca el camino en donde nuestro diario trasegar renace.
Proceso de iluminación que va alterando nuestra alma, la cual se encuentra encerrada en nuestro cuerpo y mente teniendo así que despertar para lograr cogobernar nuestras vidas, siendo entonces los sentimientos indicadores de ello, plan divino que nos llama a armonizarnos con ese fluir universal gracias a cada una de nuestras vivencias, hasta que la muerte (mút, מות) nos entregue a la vida eterna, momento en que lograremos adherirnos plenamente con esa esencia divina alcanzando finalmente ese objetivo trascendente de sabernos parte activa de todo lo creado, en todas sus dimensiones y formas.
Los mismos ángeles (מַלְאַךְ, malak) como mensajeros, nos recuerdan a diario que todo tiene un propósito, el cual se nos va revelando a través de cada intensión, deseo, pensamiento, palabra, interrelación e interacción en pro que nos hagamos más que conscientes de todas esas inconciencias que nos sofocan, iluminando así nuestro entendimiento, hasta irnos reconectando con esa nuestra alma y esta a su vez, gracias a ese despertar, nos permita articularnos al Espíritu Santo que con su Haz de Luz nos guía hacia nuestra morada final.
Clamarle al Creador (אלוח Ēloah) a diario, implica por ende, el integrarnos a esa fuente principal de Luz: nuestro Señor Jesucristo, convirtiendo esos entornos en instrumentos de crecimiento, para que esas informaciones que intercambiamos nos proyecten esa otra realidad que contiene el programa divino que debemos completar voluntariamente, interrelaciones que con sus sentimientos nos aportan para que esos oscuros miedos milenarios al recibir dichos destellos, no sigan influenciándonos y por el contrario nos enfoquemos en asemejarnos cada vez más a esa Su imagen y semejanza.
Dina (דִינָה, justicia) como la única hija de Jacob, nos deja claro como Iglesia, que debemos iluminar nuestras vivencias con Su amor y transformar así este mundo, esperando así que en su segunda venida al terminar este paréntesis temporal hecho por Él para los gentiles y creyentes, logremos todos alcanzar esa herencia que significa el sabernos Sus hijos, al renacer, dando así a luz a través de nuestras vidas a ese fluir amoroso que nos guiará, siempre y cuando por fe, nos arrepintamos, único camino para el pueblo escogido, proceso a través del cual accederemos a esa nuestra patria celestial juntos como hermanos.
El Texto de Textos nos revela en Lucas 2:10, “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: 11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. 12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. 13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan al Creador, y decían: 14 ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”
Oremos para que a cada instante renazca en nuestro ser el amor del Creador.



